Eso de ser mamá.

Patricia Metola 1

Todavía recuerdo el día en el que me enteré que iba a ser mamá por primera vez.

Era muy joven y tal vez debido a ésa juventud no supe qué pensar, sólo repetía en mi cabeza las palabras “vas a ser mamá”. Así estuve por varios días, con esa frase en mis oídos, como si de tanto repetirla por fin pudiera entenderla y vivirla.

De ahí pasé a observarme en el espejo, me veía la cara constantemente buscando algún indicio de tal embarazo como si en el rostro se me fuera a notar, cosa que suena absurda para muchos pero no para mi madre o mis abuelas que juran que el estar embarazadas se refleja en la mirada.
Pues éso mismo buscaba yo cada vez que me paraba frente al espejo, la mirada de cansancio, o los ojos de vaca que decían que se les hacía a las embarazadas, pero nada.
Yo me veía igual, el mismo color de piel, las mismas ojeras producto de las desveladas viendo tele, leyendo o estudiando, los mismos lunares y la orzuela en el cabello. 
Que no me cambiaba nada pues, y eso que ya tenía más de dos meses de embarazo.

Tuve tiempo entonces para ir entendiendo lo que era estar embarazada. Me costaba trabajo creer que otra persona estuviera dentro de mi y estuviera creciendo literalmente
a mis costillas.
Los achaques típicos tampoco me atacaron, ni vomité, ni me desmayaba, ni me dormía…nada, insisto. Así que me cayó el veinte hasta que un día de todos ésos en los que me veía en el espejo, me saltó una panza chistosa y digo chistosa porque yo era flaca sin forma, así de plano tengo que decir que no me tocó la suerte de poder presumir curvas prominentes de modo que era flaca y de repente estaba también panzona. Chistosa, insisto.

Y ahí fue donde comenzó la aventura. de repente a mi “inquilino” le dió por manifestarse de maneras distintas y me ví envuelta en un montón de sensaciones nuevas que me hacían recordar a cada minuto que estaba embarazada.

La panza chistosa se fue haciendo grande y con ella también el amor que me nació de repente por ése ser que crecía y crecía.

Nos hicimos amigos muy pronto y nos daba por saludarnos muy temprano en cuanto yo despertaba, bueno, a veces le daba a él por despertarme a patadas (literal). Fueron meses de hacernos cómplices, de hablar un lenguaje de caricias y palabras no pronunciadas pero sí escuchadas.
Después de todo estábamos juntos en ése lío que se llama embarazo, éramos un equipo preparándose para la prueba final, había que animarnos y hacernos fuertes uno al otro.

Pasé de no sentir nada a sentir de más y pensar de más, porque todo mi cuerpo eran sensaciones, vivía un hormigueo constante en las piernas, se me dormían las manos,
me dolía la espalda y no se diga el pecho, me corté el cabello para quitarme la orzuela obvio, mínimo eso para no sentirme tan mal por verme los cachetes que también me salieron de repente. Sudaba en las noches y lloraba de día.
Mi mente me traicionaba todo el tiempo trayéndome pensamientos sobre pérdidas y posibles malformaciones en mi inquilino. Imaginaba accidentes o complicaciones en el momento de ayudarlo a salir al mundo. Basura que trae consigo el miedo a lo desconocido.

Todo se aplacaba, todo era menos fuerte y menos atemorizante cuando lo sentía moverse…en ésos momentos todo cobraba sentido. Todo valía la pena y entonces
transformaba la basura en flores y luces de colores…sí, así de cursi…pero servía mucho y me llenaba de gozo.

Yo creo que él también se asustaba de repente, o tal vez sólo no le gustaba la comida del día, porque de repente se manifestaba de maneras muy violentas…cualquiera que haya estado o esté embarazada no me dejará mentir cuando digo que ésas personitas pueden sofocarte o lastimarte muy “violentamente”.
Pero al final del día hacíamos las paces y cualquier desavenencia se arreglaba con un par de sobaditas a la panza y muchos “te quiero y “muero de ganas por conocerte en persona”.

Cuando llegó el día, se me fue el miedo, la incertidumbre y todo lo que había imaginado…todo fue sustituido por una sensación de desesperación y un vaivén de novedades.


Me encontré como el primer día pero ahora me repetía en la cabeza “Que salga todo bien por favor” y con ése mantra me aventé todo lo que vivimos las mamás primerizas:
el hospital, la “preparación”, las contracciones, el “que venga mi mamá”, el “Dios Mío por favor no me dejes sola”, un médico y luego otro, la enfermera que te dice
que no pasa nada, oír gritar a otra y no querer escucharte igual, pasarte a la camilla más angosta del mundo mundial y sentir que te caes todo el tiempo, la epidural,
la desnudez y la ausencia de pudor, el olor del quirófano, el pujar mal y luego bien…todo, hasta que lo escuché llorar.

Fueron los segundos más impactantes, esperados, emocionantes y hermosos de mi vida. Es un momento en el que cierras los ojos y escuchas para poder sentir y guardar eso en el apartado de lo “Increíble” de tu memoria.

Y sin embargo, aún con lo maravilloso que es eso no se compara con lo que es verlo y tocarlo por primera vez…simplemente te quita el aliento y podría escribir mil palabras y de todos modos me quedaría corta para describirlo.


Es una piel que en parte es tu piel y ahora respira el mismo aire que tú respiras.
Ves cómo se aleja en brazos de la enfermera y por primera vez experimentas lo que es la angustia, te acaban de cortar el cordón umbilical pero también se acaba de crear otro lazo, ése que no ve nadie pero que se vuelve irrompible y eterno.

Él siempre será mi hijo y yo siempre seré su madre

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