De cuando era niña…

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Si hablamos de lo que extrañamos de cuando éramos niños, podemos sacar un montón de cosas, dulces que comíamos, cosas de la escuela, juegos, amigos.
Yo extraño eso, poquito nomás, porque para ser sincera lo que más extraño de ser niña es la desfachatez, así de plano. La desfachatez con la que me conducía todo el tiempo. Para vestirme, comportarme, comer, hablar, jugar, pedir…desfachatez para vivir pues.
No recuerdo haber sentido más libertad en toda mi vida, no había cosa que no sintiera que podía hacer y se me iban las horas en intentarlo o lograrlo.

     Ir a la escuela y sentarse sin andar cuidando que se me vieran los calzones, el reto de jugar como niño aunque fuera niña, treparse a un árbol, correr, caerse y rasparse las rodillas; llegar a la casa con el vestido sucio.

     Salir vestida con falda roja, playera amarilla, calcetas verdes y tenis blancos porque no importa cómo te ves, sino que no pasen más minutos sin jugar a algo.
Tomar agua y hacer ruidos mientras te la pasas nomás por payasa y para que mi mamá me dijera: “¿Qué es eso Erika?” y contestar inocentemente “Perdón mamá”…y volver a hacerlo.
Ir a fiestas y jugar horas con desconocidos y sin pena alguna exigir el bolo, el pastel y la piñata porque…¿entonces a qué iba uno a las fiestas?

     Ir a los baños de la escuela y no fijarte si el piso estaba sucio o no, si había agua, jabón o bote de basura. Uno iba a hacer y listo, luego corrías a comerte el lonche o a meterte al salón a seguir contando los minutos para que dieran el toque y poder irse a casa.
Quién carajos pensaba en marcas de ropa, a dónde te ibas de vacaciones, en “selfies”, en el coche que traías, en cuentas por pagar, en dónde vivían o a qué colegio iban tus amigos con los que jugabas en la calle.
Extraño la sensación de preocupación por saber si iban a dejar salir a mis amigos al día siguiente, o el practicar con las sillas de mi casa para poder ganarles a todas en el Élástico haciendo toda la rutina en el nivel más alto.
Extraño jugar con mi hermana, tres años más chica que yo pero fiel compañera, aventada, calladita pero siempre bien puesta. Una hermana que no se rajaba y era cómplice. Extraño las tardes sin reloj jugando con mis primas en montañas de arena.
Extraño el poder hablar y decir lo que pensaba sin miramientos, sin pensar en el qué dirán, nomás porque lo quería decir, mezcla de imprudencia y valentía a veces. No le hace que me volteran a ver los adultos con mirada de pistola.
Extraño éso, lo que significaba tener 8, 9 o 10 años y que mi meta en la vida fuera jugar más horas de las que me dejaban mis papás, ver al Tío Gamboín en las tardes presentando las caricaturas y levantarme temprano los domingos para ver Burbujas y Chabelo.

     Traigo mi niñez guardada, no se me olvida. Me sirve todo el tiempo para ayudarme a valorar mi vida porque tuve la fortuna de que me tocara ser una niña feliz y lucho día a día por seguir siéndolo ahora.

 

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