Los hijos crecen jodidamente rápido

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Hace un par de días me topé con una de las tantas realidades que como padres luego queremos eludir: los hijos  crecen y lo hacen jodidamente rápido.  Y eso provoca un gran e incómodo conflicto de emociones.

Ahí estaba yo, en un conocido antro de la ciudad, metida en el baño de mujeres rodeada de adolescentes enfundadas en mini vestidos y trepadas en tacones del 10 (los más bajitos) que me decían “Hola señora”, “Mamá de Sofía ¿me puede ayudar a subirme el cierre?” o “Señora, de casualidad  ¿traerá pasadores?”, mientras yo trataba de ponerle las pestañas postizas a mi hija y le daba gracias a Dios en voz baja porque no se había maquillado como cabaretera y nomás se había puesto una sombra muy tenue, gloss en los labios y un poco de rubor en las mejillas…su exceso eran precisamente las pestañas.

Entraban y salían del baño apresuradas ya que estábamos ahí por ser el día de la coronación de las nuevas reinas de secundaria y preparatoria del colegio y ya casi era hora de que comenzara el evento. Veía a mi hija con su vestido nuevo, peinada, maquillada, desenvuelta…feliz. Y yo nerviosa diciéndole que se quitara los tacones para que no se cansara, que no se agarrara el cabello  para que no se le deshicieran los rizos que tanto me había costado hacerle y pensando en qué momento nos habíamos metido en semejantes trotes.

Aparte de tener que ser madura, comprensiva y ayudar, también toca ser mamá buena onda y tomarle fotos con las amigas, animarla, decirle que se veía divina y saber cuándo callarse y alejarse tantito para no invadir su espacio personal. Esto último, supongo, es lo que más cala, porque de repente la vi independiente. Mi niña, la que lloró dos semanas completas cuando entró al kínder porque no quería quedarse, la que le contestaba tan bajito a la maestra que mejor la sentaban hasta adelante, la que se retuerce de pena cuando le presentan a alguien ahí estaba, parloteando con las chicas de grados más arriba como si fueran mejores amigas, muy tranquila diciéndome “Ma, no estoy nerviosa y no me voy a caer, ya ensayé con los tacones, nomás quiero que  todo se empiece”.

Traje todo el tiempo una bola en el estómago de nervios combinada con orgullo y resignación. Verla caminar por la pasarela me emocionó hasta que se me nublaron los ojos por las lágrimas, no lloré nomás porque no quise que me vieran todos los escuincles pubertos a mí alrededor y de pilón Luis que ya me había advertido en el coche: “Amor, no vayas a llorar”. Así que parpadeé para alejar las lágrimas y sorbí mis mocos sin disimulo que al cabo la música estaba bien fuerte y nadie me oía.  Eso sí, tomé muchas fotos y le sonreí a mi hija cuando sus ojos buscaron los míos, esperando que sólo con eso se sintiera más fuerte y segura, según yo.

Voy a sonar muy cursi pero lo tengo que decir, no ganó la corona pero ganó algo que tal vez todavía no cuantifique muy bien que digamos: confianza en sí misma, experiencia y nuevas amistades. Le mencionamos todo eso mientras nos cenábamos unos tacos, ya cuando todo se había terminado.

Y yo…yo gané una hija contenta, y un paso hacia la realidad que me dice que mi hija está creciendo, que cada vez será más ella y sus decisiones, ella y sus cosas, ella y su mundo. Pero no me deshago de tristeza, en realidad también estoy contenta porque a final de cuentas es lo que quiero, que crezca, que madure, que viva, que sea ella misma.

Solo me resta confesa que el conflicto de emociones es también por mí, porque llegué a casa arrastrando mis casi 39 años, desesperada por quitarme los jeans y los zapatos de plataforma, quejándome porque ya era la una de la mañana y había que llevar a los otros dos a la escuela a las 8, lo que me dejaba escasas 6 horas nada más para dormir.

Y no digo que esté vieja… supongo que simplemente iba un poquito borracha… ¡de tanta juventud!

 

 

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