Ella tenía 14 años.

 

Demasiado joven y hambrienta de vivir. Así era ella a los 14 años. Con la piel aún más tostada por el sol, como resultado de andar en la calle casi todo el día usando la juventud para lo que sirve: jugar, reír y caminar sin rumbo.

No había futuro más allá de en cuál preparatoria iría a estudiar, si la pasarían con los más grandes en la escuela de danza o si su noviazgo terminaría junto con la secundaria.

A ésa edad devoraba cuanto libro se le ponía enfrente, sin importar si el contenido era adecuado o no a su madurez emocional, lo cual seguramente provocó un aceleramiento tanto en neuronas como en hormonas. Le gustaba “viajar” con cada página y, cuando llegaba la noche, dormía con el libro entre las manos y la cabeza llena de mil sueños alimentados por las letras recién leídas.

No hay freno mental en la adolescencia, de modo que ella veía todo en su vida lleno de facilidad. Pasar los finales, fácil. Entrenar tres horas al “voli” y luego otras dos de danza, fácil. Trasladarse a todos lados caminando, fácil. Leer un libro de más de 400 páginas, fácil. Tener novio, fácil. Vivir, fácil.

No había cabida para lo complicado, porque lo complicado desgastaba, aburría y quitaba tiempo. Lo divertido de los días se centraba en lograr captar en la radio las canciones del momento y subirle al volumen para cantar y bailar. En ver a los amigos para dar la vuelta por las calles o encerrarse en la recámara para imaginarse a sí misma como protagonista de cuanta historia se le ocurriera.

Ella tenía prisa. Estudiaba con ahínco con la ilusión de que si lo hacía de ésa manera, tal vez lograría que los días pasaran más rápido y así se llegaría por fin el tan ansiado siguiente año escolar. Subir de grado era una meta importante porque significaba nuevos conocimientos, nuevos maestros, nuevas libretas y un nuevo estatus.

Tenía prisa en todo y quería estar a la moda para que no se le pasara nada. No quería que los días se le fueran sin haberlos vivido con todo encima. La ropa, la música, el programa de tv y las palabras y expresiones más usadas.

14 años no son nada. No se es todavía ni la mitad de persona que se supone que debemos ser, pero ella ya se sentía completa. Amaba ingenuamente, como amamos todos al principio de la carrera del amor. Y por lo tanto, no tenía miedo de entregarse tal cual era, amaba sin prejuicios y con expectativas. Vivía el amor potencializado y saboreaba las mieles que dejan en la boca los “para siempre” y los “te amo”.

No tenía preocupación por su cuerpo, no había conciencia de la estatura ni el peso. No había inseguridad por el color de la piel, ni los ojos, ni la herencia genética. Solo era ella satisfaciéndo sus necesidades.Siendo como se es a ésa edad…egoísta.

Tenía 14 y el mundo giraba para ella mientras comía lo que le daba la gana porque eso de engordar no existía. Aprender pasos nuevos y sentir de nuevo la electricidad de los primeros besos eran las prioridades.

Hoy…25 años después, busca con vehemencia un espacio para sí misma. Sólo para ella y sus pensamientos, sin interrupciones, sin ruido, sin más seres vivos a su alrededor. Desea encontrar un poco de aquella despreocupada y egoísta adolescente para usarla de disfraz de vez en cuando y sentir, aunque sea de ésa manera, esa calidad de libertad. Quiere el corazón nuevo, sin rasguños, quiere aquella elasticidad en sus músculos y la lozanía que había en su piel. Quiere verse al espejo y no ver los defectos para atreverse a salir así nada más a la calle.

Pero no hay vuelta atrás, ni máquina del tiempo inventada que funcione para poder revivir nada. A cambio hay experiencias, aprendizaje, regalos de vida, cicatrices, amor maduro y pensante, satisfacciones…años de distancia, que aunque puestos en la balanza indiquen totalmente una ganancia, de todos modos no traerán de vuelta la inocencia, la pasión, la valentía ni la fuerza que tenía a los 14.

 

 

 

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3 pensamientos en “Ella tenía 14 años.

  1. Así se vive, así se siente y de ese modo pasa la vida volando. Es frustrante que cuando te das cuenta, al menos en mi caso, paso la juventud sin verdaderamente apreciarla desde el interior, haciendo plena consciencia de la etapa que se vive y que no se volverá a repetir.
    Saludos y muy buen día.

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    • Coincido totalmente, la niñez por lo menos es una etapa de tal ingenuidad que no deja cabida a lamentaciones, pero la juventud sí, ya eres consciente de lo que estás viviendo. De ahí el deseo de muchos de que si se pudiera, pedirían regresar a los 20 con la experiencia de los 40.
      Mil gracias por el feedback. Saludos y buena noche.

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