Mi abuelita Antonia

     Sentada en la orilla de la cama, suelta sus trenzas unidas por una peineta. Lo hace para que le cepille el cabello, como lo hago de tarde en tarde, de modo que deshago cada una y tomo la peineta para deslizarla desde su cabeza hasta donde llega la punta de su cabello. Lo tiene muy largo, le llega a la cintura y no hay manera de saber si es más plata que negro o al revés.

     Asumo que disfruta ése ritual, porque a veces me asomo furtivamente para ver su rostro y la encuentro con los ojos cerrados, como si se hubiera quedado dormida, así sentada o como si lograra un estado de trance a través de cada cepillada.

     Otras veces reza y saca su rosario, ése que siempre carga en la bolsa del delantal y la oigo murmurar mientras lo acaricia. Me gusta imaginar que cuando hace éso por lo menos un par de ángeles bajan a sentarse a nuestro lado, atraídos por sus oraciones y sonríen mientras nos miran y me rozan la espalda con sus alas. 

     Su piel entera está arrugada, a excepción de sus piernas, que enfermas como están de ése mal que da en los huesos, deformándolas, se ven lisas, estiradas y cubiertas de manchas parecidas a los moretones.

     Tal vez por eso siempre usa medias, así que sólo los que se las frotamos con alcohol (un remedio que usa para calmar los dolores) se las hemos visto. 

     Ella es callada pero muy alegre, siempre se ríe de las tonterías que digo o hago. Me gusta verla reír, así que a veces me esfuerzo por ser más simpática con ella y sacarle una sonrisa.

     Es sencilla en extremo y el estilo es el mismo siempre, un vestido, las medias, zapatos cómodos, el delantal, un chal y suéter abierto por si tiene que salir. Una trenza que le cuelga por la espalda o dos que se echa hacia adelante enmarcando su cara.

     Hace los mejores frijoles del mundo. Cuando tengo suerte, desde que abro la puerta de la casa los puedo oler y los comienzo a saborear. Entro a la cocina y la veo sentada en una silla del comedor, pelando jitomates y chiles para ponerlos en el molcajete y hacer salsa, de ésa que nunca como porque como ella dice, tengo lengua de gato y me enchilo fácilmente. Pero me ofrece un taco de frijoles o mejor aún, una torta, porque le acaba de llevar bolillos uno de mis tíos.

     Le digo que sí y le toco la mano, y por unos minutos soy consciente de lo arrugadas pero suavecitas que están, así que se la sobo tantito hasta que me dice: “Ándale muchacha, cómete el bolillo porque se te va a hacer aguado con el caldo de los frijoles”. Y me siento mientras platicamos de cómo me fue en la escuela. Le gusta que le diga qué aprendí, sobretodo en mi clase de taquigrafía, y es que se le hace chistoso que sepa hacer todos ésos simbolitos que dizque sustituyen a las palabras.

     Hay como 40 años o algo así de distancia entre las dos, pero algo pasa que cada vez que estoy con ella, aunque no hablemos tanto, me hace sentir bien, como reconfortada por cualquier cosa mala que me esté pasando. Es un poco tosca cuando me acaricia o me abraza, tal vez porque así se acostumbraron sus manos después de batallar en la crianza de tantos hijos hombres, 5 para ser exactos y dos mujeres, aunque una se murió muy pequeñita. Pero aun así se siente bonito que me toque. No es mujer de muchos besos pero sí de abrazos.

     Cuando quiere hacerme un cariño me dice: “Venga mi muchachita” y me acerca a ella para abrazarme, me aprieta fuerte, como si no tuviera los huesos débiles y la piel cansada. Aprieta y logra lo que se propuso,transmitirme su amor por mí. 

     No tiene conocimientos académicos más allá de leer y escribir, pero de la vida sabe un montón y de remedios y herbolaria, cocina básica y arrullo de bebés, se las sabe de todas, todas.

     Ella es mi abuela, se llama Antonia y está muy viejita…bueno…ya murió, de hecho murió hace 15 años, pero hablo de ella en presente porque dentro de mí no se ha ido. Ella existe todavía en mi memoria. No he olvidado ningún rasgo de su cara, ni siquiera su voz. A veces cuando cierro lo ojos y me concentro puedo hasta recordar cómo olía toda ella.

     Todavía le platico cosas, cuando lavo y tiendo la ropa, le hablo y le digo  cómo me siento. Otras veces, cuando estoy muy agobiada cierro los ojos y le digo que la extraño, que un abrazo suyo me haría sentir mucho mejor y le digo que las buenas abuelas como ella, deberían tener permiso de Dios para bajar del cielo de vez en cuando y hacer su magia en los corazones de los que las necesitamos tanto. O nomás ella, total, es MI abuela y es MI deseo.

     Le he pedido muchas veces que aunque sea una vez, me sople tantito o me susurre “venga mi muchachita” para saber que ella está ahí conmigo.

     Luego me doy cuenta de la blasfemia, y ella que era tan devota y justa, de seguro ha de querer poder aparecerse pero para darme un manazo en la espalda por egoísta y chistosita. Pero aun así sigo deseando que no se hubiera ido, sigo queriendo una torta como las que ella hacía o que me pida que le cepille el cabello mientras reza o ve la novela de la tarde.

Me voy a morir extrañándote y queriéndote abuelita, como se hace con las personas que son como fuiste tú, amable, generosa, alegre y sabia. Una abuela completa, de ésas que consienten y protegen, que aman sin ver defectos  y perdonan los cincos en las boletas. No hay favores especiales ni protocolo a seguir para volver a verte mientras esté viva, pero estoy segura de que me esperas, en algún lado, con las trenzas listas para desenredarse y tus brazos tibios para abrazarme.

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