El amor es una cosa de locos

     Constantemente escucho a mi hijo de 11 años contándome sus penas de amor, me habla de las niñas que le gustan y de aquélla a la que le pidió que fuera su novia y nomás no le da una respuesta. O bien, lo veo tirado boca abajo en su cama, sufre y sufre porque “ama” a una tal Karlita pero la susodicha ya no lo ama a él sino a otro, lo cual equivale a una tragedia mundial y produce declaraciones fatalistas acerca de que NUNCA más volverá a amar a otra.

     Y me escucho a mí misma diciéndole que niñas hay por montones y de belleza como variedad de flores, que el amor es así de curioso: quieres y te quieren, te quieren y no quieres o quieres y no te quieren, pero él llora amargamente y me recuerda a mí misma llorando la primera vez que sentí que un tonto, ciego, malagradecido y egoísta hombre no me quería, al sujeto en cuestión, le pondremos Roberto para no decir nombres de a deveras y que luego se de por aludido y me reclame semejante indiscreción.

    El Robert, igual que Karlita a mi hijo, me bateó así sin más, haciendo a un lado mi belleza exótica y única, mi simpatía, mi inteligencia y sobre todo mi devoción por él (sí, todo eso despreció el muy infame). Dejándome en una situación por demás penosa porque jamás había sufrido tal desgracia de amor. 

     Afortunadamente me recuperé y dejé de llorar cual plañidera,  por lo tanto mis almohadas ya no olían a mocos, lo cual le ha de haber dado mucho gusto a mi mamá. Se fueron las canciones de despecho y desamor, ésas matonas de Vicente Fernández que nomás comienzan y ya estás temblando, para mi la peor era “Como quien pierde una estrella”, de su hijo, que sirve para lo mismo, hacernos llorar a todos cuando andamos heridos.

     Y la cantaba bien fuerte, en mi juicio y también borracha, para mis adentros o bajito cuando lavaba los trastes. Pero como ya dije, ME RECUPERÉ, y después de algún tiempo ya me comenzaba a preocupar de nuevo mi aspecto, ya me daban ganas de tener con quien “dominguear” y hasta se me antojaban los besos que veía en las películas. Me regresó el alma al cuerpo.

     Agradecida infinitamente estoy con Dios, porque sólo me ha pasado una vez el tener que vivir ése viacrucis. Andar dolida no es bonito porque te vuelves una amargada, te la pasas aguándole la fiesta a la gente, te sientas a comer con tu familia con cara de funeral, los días se vuelven laaaargos y para colmo pierde una el sentido del olfato, por lo tanto, no te bañas…bueno, eso tal vez sólo me pase a mi.

     El punto es que hoy en día le puedo decir a mi hijo que el AMOR es una cosa de locos porque sólo así lo entiendes. Te enamoras y la locura te invade, cambias, te desconoces, piensas, haces y dices cosas que en tu juicio (o sea NO ENAMORADO) no harías. Pero se siente TAN BIEN, que aunque duela el desamor tarde o temprano nos vuelve a entrar esa cosquillita, y nos animamos a seguir en la búsqueda del alma gemela, la media naranja, la otra mitad, la horma del zapato o como le quieran llamar.

     También le dije que sufrir es feísimo y que uno cree que eso nunca se va a acabar pero la verdad es que sí. La vida sigue y podemos encontrar amor de otras formas mientras nos llega el que más nos gusta, yo lo aprendí y sé que él también lo aprenderá aunque me faltan años de verlo caer y levantarse. 

     Sé que en algún momento haré gala de mi capacidad para la maledicencia y le recitaré unas cuantas frases a la pérfida que se le ocurra lastimarlo, soy madre después de todo y hay que cumplir bien con el papel. Sin embargo no olvidé decirle que enamorarse es lo más cool de la vida, que es la gasolina del motor y que además hace maravillas en el rostro, yo por lo menos, me veo más chula cuando estoy enamorada…y atrévanse a decir que no.

     Le contesté todo eso porque he tenido la fortuna de sentir lo que es el amor varias veces. Como bien dicen, el primero nunca se olvida y ése yo lo tengo bien guardado y ubicado en mi corazón sólo por ser el primero; el segundo fue mero entrenamiento; el tercero fue precioso, más maduro, impetuoso e inolvidable, pero el que tengo hoy, que espero sea el último, definitivamente es ése del que le hablaba a mi hijo, el que se siente como el bueno, el non plus ultra, el “felices por siempre” que me hace sentir como adolescente. De modo que me siento más guapa que nunca y  madura a más no poder, aunque la realidad es que ando pendejísima.

     Que levante la mano el que jamás haya hecho una locura por amor, el que no ha llorado, gritado y moqueado al mismo tiempo, el que no haya sonreído así nomás de acordarse, el que no haya suspirado muy hondo, el que no haya perdido horas de sueño en la madrugada piense y piense en el ser querido, el que no haya dedicado canciones o sufrido porque extraña.

     Yo sí he hecho todo eso y más, porque aparte faltan los ridículos y la cursilería que son temas para otras ocasiones, y lo he hecho al 100 por ciento. Si de algo no puedo quejarme es de falta de experiencia en la materia así que mi niño va a caer en blandito porque si no le enseño historia o no le ayudo bien con el cálculo mental por lo menos sí le voy a poder decir cómo salir bien librado de las tragedias del amor…. o eso espero, después de todo soy mujer al fin y al cabo.

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