Hace un año…las cosas pasaron por algo.

Hace un año, a esta misma hora, todavía andaba como poseída guardando cosas en cajas y marcador en mano escribiendo números en cada una para poder identificarlas después.

Los que me conocen saben que el tema de las mudanzas es uno que domino con los ojos cerrados, sé cuáles empresas te cobran caro o barato y porqué, cuántos chalanes te mandan, el precio excedente si vives en depa o en casa y si la entrega es en primero o segundo piso. Donde conseguir cajas buenas y a ojo de buen cubero cuántas se necesitarán para cada habitación, ni hablar de cómo empacar cada cosa para lograr un perfecto equilibrio en el peso de la caja para que sea más fácil de cargar.

Organizada, un poco en exceso quizá, pero al final con un método que me facilita desempacar y acomodar de tal manera que en dos días ya puedo tener mi casa nueva completamente acomodada…como si todo ése caos de muebles, ropa y objetos nunca hubiera existido.

Pero hace un año no fue así. Parecía novata empacando todo a última hora, suplicando al de la tiendita de la esquina que me guardara las cajas que le sobraran, robando las que estaban afuera del Oxxo de mi casa, usando hasta las bolsas que son exclusivas para la basura y todo porque ya nomás faltaban una horas para el cambio y yo tenía media casa sin empacar. Un ánimo fatalista me invadía.

Al día siguiente (o sea el 17 de septiembre) amaneció nublado, chispeaba incluso y yo bajando cosas junto con los muchachos de la mudanza, preocupada porque no le había puesto el letrerito de “frágil” a la caja que guardaba mis esferas de vidrio soplado que había comprado en Tonalá. Ha sido la peor mudanza de mi vida, la más cansada, estresante, desorganizada y cara. 

Cuando por fin arrancó el camión con mi casa completa dizque bien acomodada, le dí un último vistazo al lugar que durante ése tiempo nos había acogido tan bien, dije un gracias en voz baja y arranqué.

Llevaba media ciudad recorrida cuando comencé a llorar de manera incontrolable, mis sollozos eran cada vez más fuertes y sin embargo mis niños no decían nada, sólo sentía la mano de mi hija tocando mi hombro, como consolándome. Lloraba por todo, por la emoción y la incertidumbre de la nueva vida que me esperaba, por la que estaba dejando a medida que avanzaba el auto, por las circunstancias, por todas las personas tan queridas que ahí se quedaban. Por todas las ilusiones que se habían roto, porque mis hijos no querían irse. Porque amo las avenidas tan bonitas y bien planeadas de la ciudad, porque tenía apenas 4 meses de disfrutar de la mejor carnicería, porque iba a extrañar el mini súper en donde encontraba de todo y hasta a la señora de los tamales. Lloraba y moqueaba sin importar quien me viera mientras manejaba porque simplemente ya no aguantaba más.

Así me seguí todavía un buen tramo de la carretera, hasta que se me cansaron los ojos y se apaciguó mi alma. Ya no había vuelta atrás y tenía que soltar, lo más que pudiera, todo aquello que me pesara y no me dejara avanzar. Los kilómetros faltantes se fueron haciendo más fáciles cuando comencé a escuchar a los niños que reían, veía el retrovisor y el espejo me regalaba la imagen de una camioneta negra atrás de mí, con Luis y Santi en ella…todos en la misma dirección, los cinco hacia un nuevo destino.

 Hace un año, no sabíamos si íbamos a funcionar como familia, no sabíamos qué les esperaba en las nuevas escuelas, no sabíamos en qué íbamos a trabajar ni si nos iba a gustar la casa en la que íbamos a vivir. Todo llegó de manera tan repentina que no hubo tiempo para pensarlo con detenimiento.

Y sin embargo, no puedo más que emitir palabras de agradecimiento a Dios por haberme puesto en éste camino hace un año, nunca me había sentido tan feliz y tan plena como ahora. Tampoco había visto a mis hijos crecer tanto emocionalmente. Las expectativas han sido superadas con creces, porque cuando escuchas a tus chicos decir: “Mami, quiero decirte que aquí soy muy feliz”, sientes que nadie te debe nada, que todo está en su lugar.

 Ha un año de haber llegado a ésta hermosa ciudad, todavía no nos cansamos de recorrerla y al contrario, seguimos encontrando lugares nuevos. Estamos entablando nuevas amistades y retomando el contacto con otras. Tenemos un nuevo integrante en el equipo,  Max, que nos ha traído sobretodo un montón de travesuras, pero que no lo cambiamos por nada.

 Nos ha costado mucho, el desgaste y el esfuerzo es constante, no cesa. No hay tregua. En ésta onda de construir una relación y al mismo tiempo una familia  no hay tiempo de descanso para nadie porque absolutamente todos los días se enseña, se aprende o se refuerza. 

Hoy quise escribir en honor a los 365 días que hemos vivido, porque en ésta casa cada uno ha puesto de sí mismo, cada uno se ha esforzado y por lo tanto contribuido para que nos podamos llamar a nosotros mismos FAMILIA. Cada día de éste año que ha transcurrido nos hemos hecho más fuertes, más unidos y me siento tremendamente orgullosa de ello. 

Mañana se cumple cabalmente el ciclo y quiero decirles GRACIAS a mi primera familia, mis hermanos y mis papás, por el apoyo y el amor que incansablemente seguimos recibiendo. A mis amigos porque han aguantado mi falta de atención en éste año de transición pero siguen favoreciéndome con su cariño, a mis hijos por el esfuerzo de entender los cambios en sus vidas y aun así seguir queriéndome y apoyándome. A Luis por estar, por ser el hombre que necesitaba y por construir todos los días junto conmigo, y a Dios, simplemente por la oportunidad de vivir la vida que tengo.

Hace un año, no tenía un blog ni pensaba en escribir de manera tan frecuente, todo se quedaba en una carpeta del escritorio de la computadora, no tenía la autoestima necesaria para creer que yo podía escribir algo lo suficientemente bueno como para que alquien más quisiera leerlo. Hace un año no tenía el trabajo que ahora tengo, ése con el que muchos sueñan, que te da dinero, te deja tiempo y lo puedes hacer desde casa.

     Hace un año tenía miedo…pero ahora no hay quien me detenga.

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