Que no salgan los demonios

Ya son dos semanas sin escribir y se me han pasado como agua, ni las he sentido. Me he dado cuenta porque Luis me preguntó en la mañana que si ya de plano no pensaba hacerlo nunca. Supongo que simplemente no he tenido cabeza ni tiempo para hacerlo, digo, como se debe, con la pijama puesta y las uñas de acrílico recién hechas, si no, no me sale lo de “mujer al fin y al cabo”.

Y aquí estoy, sentada y con un montón de pensamientos y cosas atoradas porque he tenido una tarde inspiradora, pero de ésas que primero se digieren y luego ya se sacan porque luego si escribe uno así nomás sin freno, se sale uno que otro demonio…y yo tengo varios que me cuesta mantener a raya.

Hoy me he encontrado una carta. Doblada en cuatro, torpemente, y escondida en una caja de zapatos. La escribí hace un par de años, a mano (lo cual ya es muy raro) en hojas de raya de una libreta que recuerdo que tenía precisamente para eso, para escribir.

Me transporté de inmediato al leerla. Y me bastó cerrar los ojos para prácticamente volver a sentir lo que se me revolvía en el cuerpo en aquel entonces, justamente lo que acabo de mencionar…un demonio.

Incertidumbre se llama el muy canijo, y en aquel entonces no me dejaba en paz. Me daba los buenos días, me distraía cuando manejaba, me quemaba los frijoles, hacía que me tropezara y en las noches no me dejaba dormir hasta que de plano lo ahuyentaba poniéndome los audífonos y subiéndole el volumen a mi música.

Se metía en mis sueños volviéndolos pesadillas y luego me sonreía diabólicamente en las madrugadas, dejándome sudorosa, asustada y desvelada. En ese entonces me daba miedo escribir, le temía a que alguien me leyera y malinterpretara mis palabras. O peor aún, que se diera cuenta de mi vulnerabilidad.

Así que escribía a escondidas y como si me estuvieran persiguiendo. Llenaba hojas y hojas de mi libreta profesional de raya, como si fuera un diario.

Ésta carta en especial, hablaba mucho de mí, de cómo me sentía con respecto a mí misma y hacia los demás en esos días. De mis miedos, mis culpas, mis ilusiones y todo lo que me llenaba el corazón de congoja.

Ése demonio, La Incertidumbre, me desgastó mucho tiempo, se volvió parte de mi día a día hasta el punto en el que fui borrando sueños a mediano y corto plazo, me quedé sin expectativas, sin planes para la vida. Me limitaba a aquello de “un día a la vez” y volvía a comenzar cada mañana. Sentía que no tenía control sino al contrario, que lo tenían otros.

Me leí y sentí tristeza. Esa era mi letra, mis pensamientos y mi vida en ese entonces. Ésa era yo, escribiendo a escondidas.

Ése demonio ya no está, por lo menos ya no es tan grande ni tan importante como para merecer estar en esa categoría. Lo vencí meses después, escribiendo más, hablando con mi gente y discutiendo con la terapeuta que por cierto insistía todo el tiempo con esa cantaleta de que los demonios no existen…uno los crea en la cabeza.

Todavía traigo varios (seguramente como resultado de ir puliendo mi dramática personalidad durante 39 años) que me pican las costillas y me apendejan muy feo de vez en cuando. Luego salen cuando menos quiero, sin avisar, nomás para mortificarme y de paso enseñarles a los que viven conmigo que soy como soy porque así nací y ya no tengo remedio, lo cual a veces resulta decepcionante.

Cada quien trae los suyos, cada quien sabe cuáles son y cómo afectan. Los míos ya no son tantos, pero siguen siendo fuertes, como La Ofuscación, que me ronda seguido y le da por envolverme y convertirme en la mismísima bruja de Blanca Nieves.

No hay día en el que no se alboroten, pero procuro que Jekyll no domine a Hyde…o ¿cómo era? En fin, que espero que los suyos sean mejor portados que los míos y que no lastimen, que no dejen marcas ni hagan agujeros en los corazones de los que los rodean. Mejor hagan lo que yo, acéptenlos y traten de conocerlos mejor, supongo que de esa manera hay más posibilidades de amansarlos y controlarlos mejor cuando quieran salir.

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2 pensamientos en “Que no salgan los demonios

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