De cómo llegaste…y hasta mucho tiempo después, te quedaste.

Me dejabas sin aliento y con un montón de malos pensamientos, no había cabida para querer algo bueno y decente. La piel se me erizaba en cuanto te acercabas y mis mejillas ardían enrojecidas cuando te acercabas a saludar. Jamás me había pasado algo así con un hombre, pero contigo me volvía una adolescente con las hormonas a mil.

Yo pensaba (y deseaba) que se me pasaría, que no eras más que la novedad personal de comenzar a conocer chicos en la universidad y que simplemente era tan pero tan novata en eso de las relaciones que por eso me tenía que agarrar los calzones cuando caminabas frente a mi salón. Pero no se me pasaba, de hecho aumentaba el chiste ése de ponerme en la ridícula situación de tartamudear cuando conversaba contigo. No había manera de hacer aquello menos bochornoso y me quedaban por lo menos 3 años por delante para seguir lanzándote miradas de “por favor bésame”...obviamente sin querer…cada vez que mis ojos detectaran los tuyos.

Total, que llegaste a mi vida a mortificarla toda porque a mi me iba muy bien, estudiando, haciendo nuevos amigos, adaptándome a la novedad de ir a la universidad y… queriendo a mi novio.

No sé qué me preocupaba más, que me sacaras de concentración en las clases, verte platicando con otras y por ende regalando tu sonrisa de actor de cine, que te acercaras a saludarme o que yo tenía novio y no tenía por qué andar poniéndole atención a nadie más. Pero ahí estaba, así era y aunque me lo tragaba y no me permitía volar más allá, yo sabía que ahí vivías en mi cabeza.

Los días pasaron y nos llevaron por caminos distintos, aprendí a verte de lejos y a concentrarme en lo que tenía cerca, me dejé querer y cuidar y puse mi empeño en corresponder con cuerpo y corazón porque una no vive de amores idílicos ni de castillos en el aire.

Pero un día me viste de manera diferente…me devolviste aquella intención. Me sonreíste con todo y ojos y me dijiste sin palabras todo lo que yo quería escuchar…de ti, sólo de ti.

Se sentía como si fuera tarde, pensaba que ya no había libertad de decisión porque el tiempo había pasado acomodando cosas y personas como creía que lo necesitábamos. Pero ahí estaba de nuevo, con todo aquello que sentía por ti metido en una caja, revuelto y pesado. Con candado para que no saliera y se volviera importante.

No contaba con que los años te habían dado una fuerza inaudita y desconocida para mí. Y te presentaste así, con el corazón maltrecho y las ganas agotadas, cicatrices hechas por el descuido y la soledad…y una copia de la llave del candado.

Mira que la vida es complicada, impredecible, justa y maravillosa a la vez. Supongo que todos los calificativos pueden caber en ella dado el tamaño de su importancia. No entendía por qué tú. Por qué después de tanto tiempo. Por qué en ésas circunstancias. Por qué a mí.

No hubo necesidad de usar la llave pues todo lo volví a sentir, como si fuera nueva y apenas hubiera pasado un día desde que me diste la mano y me dijiste: “mucho gusto”. Todo se agolpó en mi pecho y luego se repartió en mi cuerpo, renovando cada célula y despertando a mis neuronas del sueño permanente en el que estaban.

Tembló de nuevo mi mundo. Habías regresado.

No hay explicaciones cuerdas cuando tratamos de hablar de los por qué en el amor, yo ya no lo intento. Ya no me pregunto nada. Sólo sé que rompe nuestra calma y nos obliga a sentir hasta lo que no queremos. Y sin embargo yo quiero sentir, quiero seguir inundada de amor, quiero que no se me acabe ni después de muerta la capacidad de amarte como te amo. Quiero que me vuelva a pasar todo tal cual en otras vidas porque ésta, ésta no será suficiente.

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