Mi mejor mula se me ha echado…

Cuando me senté en la mesa de la cocina estaba un poco asustada, no sabía si me iba a hablar como siempre o si comeríamos todos los demás hablando de otras cosas mientras lo veíamos comer. Después de todo ya de por sí casi no oye y tampoco ve bien. Pero no fue así; traía puesta su pijama y un abrigo encima porque el frío calaba fuerte y él apenas estaba saliendo de la neumonía, le escuchaba toser con dificultad porque las flemas todavía le invadían la garganta pero a pesar de todo comenzó a preguntarme por mis hijos, por mi papá y por mí. Escuché su habitual: “¿Cómo estás muchacha?” y me relajé.

Nunca había estado así de enfermo y por lo tanto no nos había preocupado tanto.

95 años y con diabetes, además de otras “pequeñeces” a causa de la edad no parecían causarle muchos estragos al roble que es mi abuelo. Pero ésta vez fue diferente, cundió el pánico y sentimos todos ése desasosiego que invade el cuerpo cuando sabes que algo anda mal.

Llamadas de los que viven lejos, visitas de los amigos y la llegada de los que sentían que simplemente tenían que estar ahí “por si las moscas”. Yo no supe que estaba tan mal hasta varios días después que mamá me dijo que en aquella casa les había extrañado mi ausencia. Ése día me enteré de la gravedad en la estaba mi abuelo de modo que al día siguiente fui a verlo.

Lo encontré como ya lo he contado además de un poco despeinado por pasar tantas horas en cama. Comió sin ayuda, platicó y puso atención a la conversación. Tan mejorado estaba que hasta me reclamó la ausencia diciéndome que “su mejor mula se le había echado”. Se me hizo un nudo en la garganta porque aunque me estaba reprochando el que no hubiera ido a verlo antes, me estaba diciendo al mismo tiempo que me quería y que era importante para él mi presencia.

Terminó la comida y se fue a su cuarto a descansar porque todavía no le retiraban el oxígeno y el esfuerzo de levantarse para ir a comer hasta la cocina aún le agotaba, aproveché para enterarme bien de toda la situación de voz de mi tía, que lo cuida y está pendiente al cien por ciento y cuando se llegó la hora de irme fui a despedirme.

¿Ya te vas muchacha?

Sí abuelito, ya me tengo que ir, voy a recoger a los niños y luego a mi casa a que hagan las tareas porque mañana hay escuela, además luego se oscurece y ya ve que hay que agarrar carretera.

Bueno, ya vete…pero oye…yo quería decirte…que me sentí mal por lo que te dije, siento que te ofendí con eso de que mi mejor mula se me había echado…me sentí mal, no debí haberte dicho eso…

Me costó trabajo contestarle que no se preocupara ni se sintiera mal, que de ninguna manera me había ofendido y que al contrario me había sentido bien porque eso significaba que me quería mucho…las palabras me salieron a duras penas porque el nudo en la garganta no me dejaba hablar.

Ahí estaba ése señor con la cabeza completamente blanca, agobiado por llevar casi dos semanas enfermo, cargando con todos sus años…disculpándose conmigo…porque para él ésas cosas son importantes.

Me regresé pensando mil cosas, pidiéndole a Dios que fuera misericordioso con él, suplicando en silencio por una oportunidad más para verlo. Conversando con mi abuela, (que aunque ya se fue hace 15 años, seguimos teniendo una estrecha relación) solicitándole que intercediera por él para que ella o su ángel de la guarda o quién fuera que estuviera a cargo de velar por mi abuelo lo hiciera con un poquito más de ahínco para que se mejorara…en realidad iba pidiendo cosas a lo tonto, desesperadamente, porque además de haberse disculpado también me había encargado que cuidara de cada uno de mis niños, haciendo señalamientos muy precisos para cada uno. Como si ya no fuese a tener oportunidad de hacerlo más adelante.

Suelo pedirle muchas cosas a mi abuela porque fue tan buena en vida que estoy segura de que allá arriba tiene cierta influencia, pero supongo que ésta petición en especial la sintió como prioridad porque mi abuelito sigue, mejora y ahí la lleva.

No sé cuando vaya a irse, no sé si va a ser porque Dios quiera o porque a él se le dé la gana nomás ya no despertar. Y es que yo creo que cuando tienes una vida como la de mi abuela o en éste caso como la de mi abuelo: tranquila, en paz, siendo buena persona, buscando salir adelante siempre y agradeciendo lo que se tiene, se es merecedor a poder decirle a Dios: “Ya me quiero ir” …y Él te lo cumple.

Le llaman la muerte de los justos porque según sé el que muere, lo hace tranquilo, sabiéndose en paz con el mundo que deja.

Lloro desde ahora porque sé que 95 años son muchos, y para mi abuelo y los que le amamos, han sido un gran regalo, los ha vivido a conciencia y con gozo. Lloro de a poquito cuando pienso que cuando se vaya nadie más me va a decir mula o mojina (caballo completamente negro, sin un pedazo de otro color), que ya no lo voy a escuchar por teléfono preguntar que cómo estoy además de bonita. Ni me va a dar besos, abrazos o dulces de los que suele tener escondidos.

Entiendo todo, lo del ciclo que tiene que terminar, lo del tiempo de cada persona e incluso el que los años ya le hagan desear irse, pero duele, duele tremendamente despedirse, abruma y da miedo saber que ese día se acerca. Sé que nadie tiene la vida comprada y que en una de esas me puedo morir antes que él, pero por lo pronto, sus posibilidades me llenan el pensamiento y me apachurran el corazón.

7 hijos, 18 nietos, 27 bisnietos, incontables amigos y conocidos, un montón de frases de su ronco pecho, anécdotas, enseñanzas de vida, consejos y plegones cargados de honestidad. Todo eso y un hueco enorme en una gran familia dejará mi abuelo, Don Joaquín, como lo conoce la gente.

A mí me dejará hecha un mar de lágrimas porque chillona de por sí soy y enamorada de mi abuelo estoy. Podría escribir un libro acerca de él porque gracias a Dios lo tuve cerca, siempre pendiente y cariñoso. Tosco, sin modales finos pero demostrándome siempre su amor. Alto, fuerte e imponente, con la voz grave y un tatuaje en el brazo que cuando le pregunté por qué se lo había hecho, me contestó que por pendejo.

Un hombre cabal, sencillo y sin más pretensiones que vivir bien y en paz. Un señor que disfruta comer, beber tequila derecho y conversar. Bueno para los piropos, fanático de los crucigramas y del béisbol.

Mi abuelo se va a ir en paz porque sabe que lo que hizo en ésta vida lo hizo con ganas y que dio todo lo que pudo. Él ha cumplido, y yo solo espero que Dios le regale tranquilidad en sus últimas horas y a mí la oportunidad de darle un último beso y susurrarle al oído una vez más: “Gracias por haber sido mi abuelito”.

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