Entre terapeutas te veas…

Elodie2

El problema, Erika, es que estás enamorada del amor y no de un hombre,  ahorita no estás enamorada, estás aburrida  y eso lo único que te traerá será un hombre tras otro en tu vida, no vas a parar porque lo que tú buscas es enamoramiento y no un compañero”…así sentenció mi terapeuta el primer día que me tocó platicar con ella.

Yo terminé sentada en ése sillón, platicando con una desconocida -cosa que se me da muy bien- porque mi entonces marido me decía constantemente que yo estaba mal de la cabeza, que para locuras, ésa de quererme divorciar era la más pirada de todas. Se sentaba frente a mí en el desayunador y me decía:

“Erika…mi amor…voltea a verme…escúchame, estás pasando por una crisis, seguro estás deprimida, tal vez si te vas una semana con tu hermana a Monterrey o si quieres te consigo un viaje y te tomas ése tiempo, estoy seguro de que reflexionas, te calmas y todo se arregla, verás que todo va a estar bien. Es que ésto de separarnos me parece totalmente exagerado, no estás bien”.

Y pues no, la verdad es que tenía toda la boca llena de razón porque no estaba bien para nada. Claro que estaba en crisis, obvio que estaba deprimida y claro que quería irme de viaje con todo y hermana pero no a Monterrey sino a la playa, por puritito descanso de la rutina diaria y para ver cortar una flor de su jardín.

Pero no me fui ni a un lado ni a otro, me quedé y busqué una terapeuta y una psicóloga, porque muy lista según yo, si no me gustaba una me cambiaba con la otra. Pero me quedé con la primera, aunque cobraba carísimo. Y desde entonces entendí porqué las cantinas tienen tanto éxito y los cantineros se saben tantas historias. Si la terapeuta me hubiera invitado un tequila en lugar de un café…seguro me hubiera enamorado de ella nomás porque me escuchaba sin interrumpir.

Salí de esa primera sesión, que de pilón fue de dos horas, sintiéndome la más estúpida y facilota. Manejaba de regreso imaginándome divorciada, luego con un hombre y después otro, otro…y otro…y yo tan acostumbrada que estaba a hacer el amor dos veces por semana…o sea llegué a mi casa agotada nomás de ir viendo mi futuro amoroso en mi mente.

Y todo porque le dije: “me quiero divorciar porque ya no lo amo, ya no me cae bien, ya no me divierte, me habla y me fastidia, lo veo y pienso que está gordo y de meses para acá a cada rato me pregunto qué carajos le vi si ni está tan guapo. Vengo porque tengo un montón de años de casada y no sé cómo hacerle para explicarle a él todo ésto sin que le duela tanto y a mis niños para no lastimarlos”.

Entonces el pronóstico de mi primera sesión fue que me faltaban muchos hombres por conocer, lo que a lo mejor era para ponerse contenta, pero mi estado emocional de aquel entonces me impedía ver tan maravilloso panorama. Verán, estaba cansada de uno y no estaba pensando en el siguiente. Pero con todo y los nuevos adjetivos calificativos a mi persona, volví. Y nos relajamos un poquito o un mucho, porque para la cuarta sesión ya platicábamos más y yo lloraba menos.

Entendí que lo que iba a hacer había que hacerlo con mis ovarios en la mano y agarrando harto aire en el pecho porque eso de no querer lastimar definitivamente era inevitable, de hecho comprendí y acepté que iba a ser un sufridero como telenovela de Televisa, que no me iba a escapar de acusaciones, reproches, calumnias, ofensas…gritos y sombrerazos. Y tal cual sucedió.

Una vez ni me cobró porque nomás me senté y comencé a llorar, así como si se me hubiera muerto alguien. Me sobaba la espalda y me pasaba los kleenex porque ése día no había nada por contar pero mucho por sufrir.

Resultó que no estaba loca, ni era una crisis pasajera como pensaba mi exmarido. Pero sí tenía muchas grietas en mi pared interior que había que resanar. Conocerme, entenderme y aceptarme a mí misma fue tremendo porque yo pensaba que era muy cool y no, no lo era tanto. Lo peor fue aceptar que todo lo vivido había sido decisión mía, que él no me había obligado a nada y que lo que estaba haciendo en ése momento lo podía haber hecho antes, pero no quise.

Duele el orgullo, la dignidad, el ego, el tiempo, el esfuerzo, el amor, la lealtad…en un divorcio duele todo. Me dolía hasta el haberlo dejado de querer. Me dolía el bolsillo con tanta terapia, caray. Y todavía le echaba la culpa.

Pero sirvió la terapeada, valió la pena el dinero y las vueltotas que daba porque la mujer vivía en el reino de muy, muy lejano. Todo sirvió porque dejé de tener miedo, incertidumbre y sobretodo culpa. Y hoy sé que si dejé de querer fue porque también me dejaron de querer, aprendí que todo es recíproco y que las fallas y la falta de…también me correspondían.

Uno a veces se resiste y piensa que eso de ir a platicar con un extraño es para gente loca o enferma, que uno está bien y que simplemente somos personas normales con problemas, pero por lo menos a mí me ayudó muchísimo, logré sentirme mejor y sacar cosas que parecían estar atadas con nudos especiales en mi corazón y mi mente. Hay gente muy centrada y con una capacidad de resiliencia que es de admirarse, pero habemos muchos otros que no, que necesitamos ayuda divina y terrenal para sobreponernos a los golpes de la vida.

Aquélla tormenta ya pasó, cada quien está en su esquina superando sus propias cosas y seguimos avanzando para dejar aquello atrás. Hoy, estoy con un solo hombre y con ése me quiero quedar, siempre y cuando él también me siga eligiendo cada día.

Me protegí del mal presagio de mi terapeuta con esa conocida maldición que dice “que la boca se te haga chicharrón” y dejé de estar molesta y ofendida por el comentario porque en una de las sesiones le dije que cómo se le ocurría que yo podía ser una Elizabeth Taylor en potencia si no tenía la cara, el cuerpo ni dinero (digo, porque también se puede comprar amor) para atraer a tanto hombre, y me dijo: “estás bonita, no te hagas pendeja, y lo del cuerpo ni lo ocupas porque con que empieces a hablar basta”...con eso uno ya no ocupa ni tequila ni terapia…y efectivamente, con empezar a hablar me bastó.

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