Yo y mi vida saludable o crónicas de mi experiencia en el gimnasio.

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6:40 de la mañana suena la espantosa alarma del celular de Luis y no queda más que despertarse porque si se me ocurre ignorarla y volver a cerrar los ojos, la endemoniada canción vuelve a sonar, de modo que prefiero ir ordenándole a mi cuerpo que se despierte completito y a levantarse para no tener que seguir sufriendo semejante tortura auditiva.

Y comienza el baile de todos los días, vestirse sin ganas, correr al baño porque ya casi se te sale lo que te aguantas toda la noche, arrear a los chicos, acercarles los uniformes correspondientes a ése día, recogerme el cabello con una liga, lavarme los dientes y ponerme desodorante. Todo eso mientras él baja a preparar lonches para tres, café en termo para dos y sacar el coche.

Repartimos niños en escuelas y yo con todo el placer del mundo me regresaba a mi casita a echarme unos 4o minutos en mi cama, que dejo destendida todos los días con la intención de que, si regreso, de volada me acuesto y me cobijo otra vez…pero no, resulta que para ésa hora el que arrea es otro y a la que arrean es a mí.

Eso de ir a mover violentamente las carnes tan temprano y con tanto público no está chido. Requiere valor, dejar la vergüenza en la casa, de pilón una lana mensual y constancia, pero para eso está Luis.

La cosa no termina ahí sino al contrario, apenas comienza, porque no me dejarán mentir mis estimadas congéneres, se vuelve una presión estética y una pesadilla cuando tienes unos cuantos (o unos muchos) kilos de más, como yo. Y es que resulta que para entrar a las clases de spinning (que son la onda por cierto ahí en el gimnasio al que voy) la ropa más cómoda es la que te estorba menos, o sea la p e g a d i t a, que es la que menos se te ve bien cuando a lo que vas es a bajar de peso… bueno, a mí de todos modos me quedaban los pants pegados…y las playeras…y todo.

Eso pasa cuando engordas y te dices a ti misma: “me tiene que quedar, en unos dos meses ya voy a entrar bien en las lycras y ya no se me va a notar la lonja cuando me siente”…pero no pasaron dos meses, ni tres ni cuatro… es apenas ahora, después de 6 meses, que me estoy sintiendo más cómoda en el gimnasio y ya no me duele tanto la autoestima cuando veo a tanta tipa nalgona, sin panza y de pilón haciendo ejercicio como si no les costara ningún esfuerzo.

He logrado relajarme y divertirme. Pero al principio era una tortura, me subía a la caminadora y todo el tiempo pensaba ¿Cómo me veré por atrás? ¿Me temblará todo si le subo la velocidad a ésta madre y corro? A lo mejor camino chueco…¿Y si me caigo?… y luego me metí al spinning, porque Luis ahí estaba y me insistía y me insistía, además de que se me antojaba un montón porque es la primera clase en la que aparte de pedalear a gusto y humor del instructor, todos cantan…así como lo leen, cantan y a todo pulmón la mayoría de las canciones que ponen, porque como dice el profe: “¿No se la sabe? Pues a ver cómo le hace porque la canta o se avienta un sprint de un minuto”…obvio, aunque inventes la letra mejor cantas.

Como les decía, de la caminadora pasé al spinning, cosa que ya había hecho en otras 3 ocasiones, otros lugares, otras edades y otros kilos…y fue horrible ésta vez porque cualquiera que me conoce pensaría que así de prieta como estoy pues a lo mucho me sonrojo y sudo, pero no, Dios decidió que con cualquier tipo de ejercicio que realice me ponga entre roja y morada a los 10 minutos de haber comenzado y entonces ahí me tenían las primeras semanas, viendo en el espejo -mientras intentaba ir al ritmo que me marcaban- la imagen de una casi cuarentona, colorada como tomate, jadeando como mi labrador cuando corre, con el peinado descompuesto y mi outfit de gordita intentando cantar las canciones de la Banda MS, las de Luis Miguel o las de Prince Royce…ninguna me sabía porque soy chavoruca de corazón y puras de Katy Perry, Adele, David Guetta o Pitbull me sabía…o Calle 13, que es mi placer culposo.

Y a eso le sumamos que había que aguantar que la de adelante de mí, estuviera buenísima, así de caer mal, con cinturita, pompis paradas, sin panza ni lonja, 34 D de brassiere y pa acabarla de fregar…güera y guapa…o sea, tipo que NUNCA iba a estar igual que ella, por pura genética pues. Odiaba a Beto, mi instructor, porque me pedía que pedaleara más rápido, me subía la resistencia y todavía quería que cantara mientras yo sólo trataba de jalarme la playera que con todo ése ajetreo se me subía y se me subía.

Pero Dios es grande y mi ganas de divertirme siempre son más fuertes que mi autoestima, así que me fui aprendiendo “Hermosa experiencia” y “Háblame de ti” de la MS, “Darte un beso” de Prince Royce y otro montón del género regional mexicano, como dice mi instructor. Todas las de Margarita la Diosa de la Cumbia y la que se le ocurriera ponernos. El punto es que hoy las canto todas, fuerte y sin que se me acabe el aire.

Ya no me intimidan las buenotas del gimnasio…bueno, una cosa es la intimidación y otra la envidia, y ésa…todavía me corroe, pero no le hace porque los pants ya no me aprietan, las playeras ya no se me marcan tanto, ya me vale si parece que me estoy desintegrando entre jadeos y gotas de sudor, ya no importa nada porque todas las mañanas me divierto tanto que realmente se me olvida el mundo, bueno, con decirles que hoy iba con un pants corto y a la hora de ponerme los tenis me fijé que como que ya me hacía falta una depilada y tantita crema en los tobillos, pero dije: “ni quien se vaya a fijar, total, es viernes y vamos cantar puras complacencias”.

La clase muy seguido se alarga hasta las 9:30 o más y me gusta quedarme. Hago ejercicio, me relajo, me divierto, canto y me echo un taco de ojo…porque, a poco pensaron que nomás tenía ojos para las tipas buenotas?…por ver no cobran y en un gimnasio hay para todos los gustos… créanme, ¡Deberían ir!

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