TOC-TOC

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No recordaba o mejor dicho no tenía conciencia de la antigüedad de mis “voces”, como yo les llamo, hasta que comencé a ir a terapia a causa de mi divorcio hace poco más de tres años.

Ella lo notó de inmediato porque me sonrojaba muchísimo y me salían manchas rosadas en el cuello y el pecho, además de mis manos temblorosas y mi respiración agitada. Cuando me preguntó que si me sentía mal le dije que simplemente estaba nerviosa y que eso me pasaba siempre. Escuchó mi respuesta y asintió con la cabeza para después decirme que continuara con lo que le estaba platicando.

No sé exactamente cuántas sesiones llevábamos, pero ése día en cuanto llegué me dijo que quería que habláramos de otra cosa, lo que no me causó mucha gracia porque me acababa de pelear con mi casi exmarido y ya me andaba por echar veneno cual víbora de cascabel. Pero accedí con la condición de que me diera aunque fuera 20 minutos para platicarle mi pleito.

No le pude platicar nada porque en cuanto vio que puse la taza de té en la mesa lateral y me acomodé el cojín en la panza (eso sirve para tapar la lonja cuando te sientas) me lo soltó así nomás mirándome fijamente:

“Creo que padeces un trastorno de ansiedad  y pienso que ésto lo tienes desde hace mucho tiempo. Te he estado observando cada vez que vienes, lo que me platicas, cómo lo haces, cómo te mueves y cómo has reaccionado a las situaciones que hemos planteado aquí, y pienso que es muy importante que te haga un diagnóstico correcto porque puede ser la causa de algunos de los problemas que estás viviendo ahorita”.

Y yo así de: “What?… o sea ¿cómo?”.

Ella iba preparada con una serie de preguntas que al principio se me hicieron raras y después demasiado acertadas, nos fuimos hasta mi niñez y tuve que forzar un poco mi memoria porque había cosas que eran tan cotidianas que no las registras y se pierden simplemente.

Nunca le había dicho nada a nadie acerca de mi diagnóstico, sólo a Luis y eso porque cuando comenzamos nuestra relación convenimos que a nuestra edad no nos íbamos a andar ocultando cosas importantes, total, si nos gustaba lo que había lo tomábamos y si no cada quién por su lado.

Así que fue a la primera persona a la que le dije que me habían diagnosticado un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y como él no tenía idea del asunto pues le tuve que ir platicando de cuando tomé ansiolíticos, de cuando duré meses revisando mi cama completa por arriba y por abajo, entre las sábanas, sacando y volviendo a meter las almohadas de sus fundas…buscando que no hubiera un ciempiés porque ya me había tocado levantarme con uno semi pegado en la pierna. De cuando choqué, me privé y duré 6 años sin poder volver a manejar. O de cuando duré casi un año rezando todos los días, las mismas oraciones una y otra vez, porque me aterraba viajar por carretera y me imaginaba lo peor cada vez que tenía que hacerlo o lo hacía alguien de mi familia. De mi angustia cada vez que me tenía que parar a hablar frente al grupo en la preparatoria y la universidad y de cómo me había desmayado en la primaria en cuanto se acabaron los honores a la bandera, porque fue el cambio de escolta y yo era la nueva abanderada. Bajar en las noches varias veces a revisar la estufa porque me quedaba la duda de si la había dejado prendida, regresar a mi casa a checar que estuvieran bien cerrada la puerta cuando ya iba a medio camino. Sin contar las pesadillas, las tragedias que armaba en mi cabeza y mis depresiones constantes. 

Para empezar, ésas cosas no se dicen porque espantas a la gente y, o te compadece o pinta su raya porque estás “loca”. Pero yo estaba saliendo de un matrimonio de muchos años en los que mi TOC no hizo más que empeorar porque el ambiente en el que vivía no ayudaba en nada, mi esposo (tan ignorante como yo de tal problema) potencializó con su conducta mis síntomas y precisamente por eso, en nuestro último año de matrimonio, él de plano me decía que estaba muy loca y que me urgía ir al psiquiatra. Teniendo razón en la segunda mas no en la primera. Porque si algo recalcó la terapeuta fue éso, que no estaba loca, que no me la creyera porque eso era tirar la toalla y no querer luchar.

Uno simplemente ya es así y de las dos opciones para el tratamiento, me fui por la más difícil que fue la de la “Psicoterapia cognitiva conductual” o lo que es lo mismo “Hágase el cocowash usted solo” que consistió en “trabajar” mis obsesiones y compulsiones obligándome a enfrentarme a ellas y controlarlas.

Nada era fácil en aquellos días, todo a mi alrededor era de por sí conflictivo, me estaba divorciando, me había ido a vivir sola con mis hijos, no quería que mis papás se estresaran y por lo tanto no les informaba lo que pasaba, no tenía dinero, no tenía trabajo… y tenía que ser fuerte física, emocional y sobre todo mentalmente.

Aprendí técnicas de respiración para controlarme en situaciones de crisis, aprendí a concentrarme en pensamientos positivos cuando me invadía el pánico, aprendí muchas cosas. Y aún así no pude evitar un día, durante una discusión telefónica con mi ya exmarido, terminar en emergencias de la Cruz Roja con medio cuerpo paralizado y respirando con mucha dificultad, ni siquiera podía hablar porque ya no sentía la boca…tuve un ataque de pánico. Y recuerdo muy bien a la doctora que me atendió porque me dijo algo que me sacudió y que no olvidaré nunca: “Si te pasa ésto es porque él te controla, pero tu vida es tuya, nadie más debe tener control sobre ella, sólo tú. En tus manos está que ésto no te vuelva a pasar”.

Las soluciones llegaron; aparte de la terapia, en forma de un cambio de ciudad y de ambiente. Hace un año y cuatro meses que vivo de manera muy diferente. Mis pesadillas se fueron poco a poco, ya no despierto gritando ni llorando, ya no existen. De vez en cuando todavía me regreso a revisar si sí apagué la estufa, ya no me convierto en Hulk si los cuartos de los niños están tirados, ya no me meto al cuarto de mi hija a acomodarle muebles y ropa como yo creo que debe ser, las tragedias que pasan en mi cabeza cada vez son menos frecuentes, ya tolero que cuando mis hijos se van con su papá Leo vaya del lado de la puerta y no en medio del asiento (me imaginaba que la abría en plena carretera, se caía y se moría). Ya no me angustio pensando que algo les va a pasar si él no los cuida bien.

No todo se ha ido, pero estoy y me siento prácticamente recuperada de todo lo que me pasaba. Se que la línea es muy delgada y que dependo de mi fuerza de voluntad, la tranquilidad de mi ambiente y de tener mi mente y mi corazón en paz.

Hoy más que nunca creo que Dios te quita y te pone según como lo necesites. Sé que necesitaba a un compañero como el que tengo ahora, que con cada pesadilla me abrazaba y me susurraba que todo estaba bien, que él estaba ahí y no me sacudía con fuerza diciéndome que me despertara porque estaba gritando. Uno que fuera tan despreocupado que cuando le pregunto que si está consciente de mis males mentales me dice: “Pues yo no me doy cuenta, me pareces tan normal como cualquier persona”.

Estoy en una ciudad que a ojos de sus habitantes es aburrida y atrasada, pero para mí es increíblemente relajante caminar por sus calles, encontrar todo cerca y ver caras conocidas todo el tiempo. Mi familia está aquí, y aunque no soy la más apegada y comunicativa, me da tranquilidad saber que la cercanía es tal que puedo verlos en el momento en el que lo desee. Tengo un perro grande, un labrador que me taclea y con el que descubrí que tengo alergia a la saliva de los perros porque cuando juega con mi brazo se me llena de ronchas, me arde y me da comezón…pero no me importa, también él ha venido a darle otro sentido a mi vida.

Ésto no se quita, se acepta y se controla, como quien tiene una enfermedad crónica y aprende a vivir con ella al grado de quitarle importancia y así me pasa a mí, afortunadamente aprendí a manejar mis obsesiones y compulsiones. De vez en cuando se asoma una que otra y yo me “terapeo” sola, de hecho, escribir se ha vuelto una medicina excelente, recomendable y con increíbles resultados. 

Procuro no intentar hacer muchas cosas a la vez, trato de evitar situaciones en las que sé que mi estrés se va a ir al límite, trato de vivir en paz y solucionar los conflictos que surgen de la manera más tranquila que puedo. Sólo los que hemos experimentado ésto sabemos las tormentas que se crean en la mente en cuestión de segundos y la manera en la que la angustia nos puede carcomer el buen ánimo provocando un estado de ansiedad que cuesta mucho controlar. Todo puede confundirse con irritabilidad, mal humor, intolerancia o mala onda de nuestra parte pero en realidad hay una lucha interior por mantener la calma.

Hoy me sigo sonrojando muy rápido y me lleno de manchas cuando me pongo nerviosa o me emociona un tema. Todavía, de repente me sorprendo a mí misma imaginando tragedias que les pasan a mis seres queridos, me sigue costando adaptarme a los imprevistos o a los cambios de planes y le tengo miedo a otro ataque de pánico, pero me considero una persona lo suficientemente fuerte, alegre e inteligente como para afrontarlo, tanto así, que ya puedo decirlo, ya no me da pena ni miedo aceptarlo.

De hecho creo que no hay mejor comprobación de que ya estoy del otro lado que ésta, escribirlo y compartirlo con todos ustedes que cada vez que publico me hacen el favor de leer… vaya… me siento como si hubiera salido del clóset! 

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