Carta para el padre de mis hijos.

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Has venido, te has dado tiempo después de casi tres años para hablar de los chicos. Nuestros hijos. Para eso han sido necesarias un montón de quejas de la niña y el cambio de actitud de los niños.

Pero aquí lo que importa es que has venido.

En realidad aquí en casa nos las arreglamos bien, las hemos pasado peores y seguimos de pie, comiendo todos los días, haciendo el miércoles familiar y sacando a pasear al perro. Y sin embargo he querido agradecerte la presencia porque, verás, siguen siendo nuestros, o sea de nosotros dos. No de ti y tu esposa ni de Luis y yo. Nuestros. Que lo entendieras por fin e incluso lo dijeras en voz alta fue un poco abrumador.

Solo Dios sabe hasta cuando te durará la lucidez. Yo, desconfiada como soy de ti, creo que es una de las etapas de luz y bienestar que te llenan de repente el cuerpo y que suelen durar un trimestre a lo mucho, pero no importa.

Has venido y hemos podido hablar, como si nunca nos hubiéramos hecho pedazos con verdades incómodas, mentiras y ofensas afiladas como cuchillos. Faltó un café, una hora más y habríamos terminado haciendo bromas cual amigos que nos se han visto en mucho tiempo y se guardan tremendo cariño.

Tal vez lo que pido es posible tan solo en una utopía: ser padres aunque sea separados. Pero mientras la vida o tú se encarguen de demostrarme lo contrario, celebro que te hagas presente y ofrezcas, no lo que he pedido siempre, sino lo que debe ser para ellos: atención, amor, tiempo y respeto. 

Que Dios no permita que olvidemos todo eso, porque la vida es corta y el tiempo pasa rápido cuando de ver crecer a los hijos se trata. Que no se te borre del corazón el lugar tan importante que ocupan porque si pudieras hurgar en los suyos, en sus corazones, te asombrarías al ver el gran espacio que todavía tienes ahí. 

No hay amor más desinteresado y fácil que el de un niño hacia su padre, no sabe bien porqué, pero lo ama sin importar los defectos, el empleo, el sueldo, el físico, el tiempo, el carácter, los gustos… no le importa nada. Un niño acepta a sus padres y los ama tal cual son, porque son sus padres. Así que tratemos de no echar a perder ninguna de las tres oportunidades que decidimos tomar y amémoslos de la misma manera. Que sea recíproco el amor y la atención.

Que sea recíproco el espacio que tenemos en el corazón.

Para ti y para mí, la vida ahora es distinta por elección. Tenemos la capacidad de decir o hacer según cómo se nos antoje pero ellos no, la dirección de sus vidas depende por entero de las decisiones que tomemos nosotros, así que hoy, que celebro y agradezco que hayas venido con interés e intención, también te digo que mi compromiso de vida son ellos, que no habrá otra prioridad y que de corazón espero que ésta, no sea la última vez que tengas a bien recordar y demostrar que aunque estés lejos, siguen siendo nuestros hijos.

A veces, es tanto nuestro deseo por alejarnos de aquél que nos está haciendo daño, que no medimos las consecuencias de dar media vuelta y avanzar. Uno camina arrastrando ésa historia y cuando te sientes a salvo, te detienes. Pero entonces volteas y ves el camino recorrido. Te sientas y hasta entonces te percatas de las heridas y los moretones, ubicas los dolores. 

A veces, es tan tarde que lo que se lastimó se curó solo, sabrá Dios cómo, pero sanó sin que tú pudieras contribuir, lo cual puede ser bueno cuando sirvió para fortalecer pero puede ser malo cuando solo quedó sellado por fuera y con todo lo que duele por dentro.

Con los hijos hay que hablar siempre, ser observadores, perspicaces y a veces hasta adivinos. No los puedes dejar solos nunca. Así que hoy, que te has detenido aunque sea por un momento, espero que te tomes el tiempo de curar lo que todavía se puede, sobar donde aún duele y sembrar esperanza donde hay cansancio.

Has venido a conversar, no has tocado el timbre con el auto encendido,te has dado tiempo después de casi tres años…y eso es lo que importa.

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