Uno de tantos dolores que te dan los hijos… y lo superas.

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A ver, ustedes mujeres, las que tienen hijos ya no tan pequeños, chicos que ya van al kínder o más grandes ¿Recuerdan la primera vez que los dejaron en la escuela? ¿Tuvieron suerte y su retoño se quedó entusiasmadísimo y sonriente? ¿Les dijeron “adiós mami” moviendo su manita? ¿O simplemente aceptó quedarse, sin decir pío?

Si así les pasó, las felicito y las envidio porque mi experiencia aparte de triste y desgarradora (hoy vengo de exagerada) fue vergonzosa.

Les platico. Buscar un kínder (preescolar) para Sofía fue fácil. Un día de junio cercano al cumpleaños número 3 de la niña, regresó mi marido del trabajo y me dijo: “Oye, supe de un kínder nuevo, me dicen que está chiquito, sólo 4 grupos y con poquitos niños, es privado y el horario es de 9 a 1 ¿Y si vamos a ver? A lo mejor nos gusta y para Sofi seguramente será bueno porque estará mejor atendida, está lejos, pero no importa, yo puedo salirme del trabajo, venir rápido por ella y llevarla”.

Pues fuimos. El kínder maravilloso, súper lindo, todo nuevo, las sillitas monísimas, la decoración colorida, estimulante. La directora, joven y muy amable, diciéndome que ya nada más tenía 2 lugares. Obvio la inscribimos ahí.

Se llegó el día. Nos levantamos temprano, le puse el uniforme, la peiné, le saqué fotos y nos fuimos. Mi marido nos baja en la puerta y me dice que va a checar a la oficina de volada y regresa a recogerme. Y yo ahí, con la niña cargada y ella abrazada a mí como siempre, porque Sofía era una nena preciosa, tranquila, que no lloraba ni cuando tenía casi 40 de calentura, no andaba de un lado a otro cansándome, nada. La niña se sentaba y así se quedaba.

Pero en la puerta me dice la directora “Despídete, dile que se va a quedar aquí, que más tarde regresas por ella y que va a estar bien, luego me la das y te vas. Yo la llevo hasta a su salón.” 

Y yo toda cool obedecí casi al pie de la letra: “Mi amor, te vas a quedar aquí, vas a jugar con los otros niños, no me quedo contigo pero te prometo que regreso al ratito por ti”. Le dí un beso y se la entregué. Nada más que no me pude mover de donde estaba parada y entonces la directora se da media vuelta y comienza a meterse al kínder con mi hija, quien de repente se da cuenta de lo que pasa y voltea a verme…y a medida que avanza y ve a la tonta y petrificada de su madre, comienza a extender su bracito y a gritar: “Mami, mami….mami, no…¡mi mami!”…y así hasta que la perdí de vista.

Y yo seguía ahí, parada donde mismo, petrificada y con un nudo que empezó en el estómago, se me subió al pecho y luego a la garganta. Cerraron el portón y los pocos papás que quedábamos ya no pudimos ver nada…estaba parada a escasos treinta centímetros de distancia de la puerta cerrada y el nudo en mi garganta se deshizo sin darme chance de taparme tantito o simular que se me había metido una basurota al ojo. Supongo que con las carreras de la mañana olvidé echarme encima tantita fortaleza y unos kleenex.

Petrificada y llorando como Magdalena, ya estaba pensando en tocarles y decirles que me regresaran a mi pedacito porque de seguro por eso no me podía ni mover…¿y luego cómo me iba a regresar a la casa? Me escurrían las lágrimas y de pilón los mocos y yo sin kleenex… ni vergüenza… ni hija… ni nada. 

Ya llevaba como 3 largos, dolorosos e interminables minutos en semejante situación cuando sentí que me tocaban el hombro y vi un pedazo de papel enfrente de mi. Agarré valor para voltear a ver a quién le había causado pena ajena verme así, y me encuentro cara a cara con un señor que no lloraba como yo pero tenía la nariz roja y los ojos irritados. Me sonrió y mientras me volvía a ofrecer el pañuelo desechable me dijo: “Se siente muy feo dejarlas, no se preocupe, seguro van a estar bien. La mía también entró a primero”.

Tomé el papel y lloré más fuerte, hasta se me movía el cuerpo involuntariamente. Nomás le pude decir: “Gracias, qué pena con usted, no sé qué me pasó, simplemente no me pude controlar”. Sacó más papel, me lo ofreció de nuevo y me dijo: “Trate de respirar”. Otro gracias y seguí el consejo, porque para entonces me percaté de que mi marido ya no tardaba en regresar y si seguíamos así iba a terminar abrazada del señor a llore y llore mi dolor de madre que había abandonando a su hija a su suerte, en un lugar desconocido y rodeada de gente que nunca en su vida había visto (así se siente).

Por tercera vez le dije gracias, le extendí la mano y y me presenté, dado que nuestras hijas estaban juntas en la misma aventura. Hizo lo propio, resultó que era doctor y que él había querido ir a llevar a su nena el primer día porque casi no tenía oportunidad de hacerlo.

Para cuando llegó mi esposo ya se me había destrabado el cuerpo, me subí al auto y claro que volví a llorar mientras me agarraba la mano y me decía que la niña iba a estar bien, que no me preocupara, que de seguro al recogerla iba a salir contentísima y con ganas de volver. Las horas se fueron lentas, un suplicio que no me dejó hacer nada en la casa, estuve sentada en el sillón de la sala a cuente y cuente los minutos.

Y no, no salió contenta. Me encontré a mi chiquilla roja, todavía con lágrimas que le escurrían y hasta se estremecía. “No ha parado de llorar, me dijo la maestra, pero así les pasa a muchos y luego ya se acostumbran”. No quiso comer, ni jugar, ni trabajar ni nada, ahí sentada donde la ubicaron se estuvo sin moverse, nomás llorando.

Y así toda la semana y parte de la otra, lo mismo, solo que yo ya no lloraba afuera del kínder, lloraba en mi casa. Hasta que la directora me dijo: “A lo mejor no está lista todavía, platica con ella, apapáchala, hazle sentir que todo está bien, que la quieres y que si la traes es para que se divierta, ya de plano si sigue así entonces mejor ya no la traigas, dale más tiempo. No todos los niños maduran igual. Pero además se lo tienes que decir convencida, los niños son listos y probablemente percibe que tú en realidad no la quieres dejar”.

Ése día abracé a mi muñeca con fuerza, la apretaba y le daba besos a la salida. No la llevé al día siguiente, nos acostamos a ver la tele, cantamos y comimos en la cama. Le hice preguntas sobre su salón, los niños, la maestra y demás cosas que se me ocurrieron. Le dije que yo quería que jugara con otros niños, que me regresaba a la casa a limpiar y cocinar rápido para poder ir a recogerla sin tardanza. Que le iban a enseñar muchas canciones y que iban a bailar un montón. Que solo por eso la llevaba y no porque quisiera que se fuera. La abrazaba y le decía: “Te amo chiquita, te voy a llevar todos los días pero también voy a ir por ti todos los días. No te voy a dejar ahí.”

Yo creo que el speech fue para los dos porque aunque tampoco la llevé al otro día, viernes, sino hasta el lunes y todavía lloró cuando la dejé, ya no salió igual. Por fin me sonrió cuando entré al salón a recogerla. De ahí en más todo fluyó. Lo superamos poco a poco. Ella no lloraba en el kínder y yo no lloraba en la casa. Nos portamos bien y fui feliz hasta que tuve a Santi y me tocó llevarlo no a preescolar, ¡A MATERNAL!. Pero ésa es otra historia.

No hay un maldito manual para nada en la vida, nada que te diga que no te vas a sentir de la fregada cuando los dejes… ¡sino lo que le sigue! No hay.

Aprende uno a la mala, desde que nacen. El primer baño, el primer supositorio, la primera vacuna, el primer catarro, el primer cólico…todo le duele a uno de una manera indescriptible. Pero le seguimos porque agarramos la onda de a poquito y nos vamos llenando de valor y de una sensación de estar entendiendo de qué se trata la vida…experiencia le dicen… y aprendemos a ser padres mientras ellos nos dan de todo, alegrías, dolores de cabeza, orgullo, preocupaciones, logros y tristezas, de todo…porque ellos a su vez, están  aprendiendo a ser personas.

Así que si les ha pasado como a mí, que hago ridículos de ésos en la mera puerta de la escuela y en público, seguramente entenderán de qué hablo cuando digo que es desgarrador, así literal, te tienen que arrancar a tu hijo de los brazos porque a veces uno mismo…no los quiere dejar ir.

Pero hay que soltarlos, como nos soltaron a nosotros. Y hay que hacerles alas fuertes, grandes, resistentes…iguales a las nuestras para que un día puedan volar solos, ya sin nuestra ayuda pero acompañándolos siempre en el corazón.

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5 pensamientos en “Uno de tantos dolores que te dan los hijos… y lo superas.

  1. Gracias Kika ya lo sufro. Me hace feliz la nueva etapa y todo lo que conlleva pero siempre tenemos el temor de que no lo cuiden o eduquen como nosotros estamos acostumbrados. Ya vi la escuelita y me gustó mucho. Mi hijo feliz se quiere quedar, ya veremos.

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