Esos huecos imposibles de llenar….

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Cuando alguien querido muere, no hay nada en el mundo que pueda llenar ése hueco que le dejan a uno en la existencia. La gente que se va se lleva consigo la otra  mitad de la historia que viviste a su lado y te quedas de repente incompleto, perdido y sin saber qué hacer con ése dolor que sientes todo el tiempo.

Y lloras, lloras mientras recuerdas, ya que es lo único que tu cuerpo te permite hacer para apaciguar todos los porqués que se te vienen a la cabeza.

Ellos se van y nosotros nos quedamos a lidiar con el desastre, no con el que dejan ellos, sino ése en el que nos convertimos nosotros cuando nos quedamos solos.

Hace un año mi abuelita Mela nos dejó, en medio de opiniones y decisiones encontradas por su estado de salud. Entre resentimientos, reproches y una agonía que fue tal vez más dolorosa para sus hijos que para ella, que ya poco sentía en ése cuerpo pequeño y desgastado por los años, la vida y sus enfermedades.

En sus últimas semanas de vida, yo estaba segura de que ella definitivamente ya vivía en otro lugar, apartada del mundo real por su propia voluntad, y que hacer eso era su forma de decirle a la muerte que bien podía querer llevársela a su manera, pero ella no se iba a dejar así como así, de modo que le daba la espalda mandándola derechito al carajo.

La vi adelgazar y hacerse chiquita. La vi intentando recordar quién era yo cuando la obligábamos a dejar ése lugar donde se refugiaba, haciéndole preguntas sobre quién era una, quién era otra, los nombres de los nietos, las visitas, los hijos y así, hasta que de plano cerraba los ojos y mandaba a todos a su alrededor al mismo lugar al que mandaba a la muerte.

Mi abuela vivió mucho, fue una mujer imparable, de ésas que tienen un hijo en la tarde de un domingo y el lunes en la mañana ya está levantada atendiendo a los demás o limpiando la casa. Una mujer que supo lo que era no tener un centavo y sí mucha hambre y necesidad de alimentar un montón de bocas. Mi abuela se hizo dura porque la vida simplemente no se le dio fácil. Se hizo canija porque era eso o dejar que se la cargara la fregada.

Aventada, corta de modales, malhablada a más no poder, llena de sueños e ilusiones sin cumplir pero alegre, pícara, platicadora y muy amorosa con los suyos. Siempre dispuesta a atender o ayudar. Era muy agradable ir a verla y oírla preguntar “¿Cómo está mija?” Y saber que, sin importar si tenía hambre o no, se iba a meter a la cocina a preparar lo que tuviera, frijoles refritos, quesadillas o papas con chile.

A mí lo que más me gustaba de ella era su personalidad, parecía no tenerle miedo a nada, era brava mi abuelita y además le hacía al maravilloso oficio de “Curandera de males misteriosos”, o sea el “mal de ojo”, la “salación”, los “trabajos”, el “empachamiento”, estar “asustado” y demás cosas que rayan en lo sobrenatural, lo inexplicable y el no manches. Mi abuela se las sabía de todas todas a la hora de pasarle un huevo de gallina por encima a sus nietos o bisnietos si se enteraba de que se estaban despertando por las noches a pleno grito y llanto.

Un cirio, el huevo, un vaso con agua y el montón de palabras que susurraba eran los elementos necesarios para sacar al chamuco que te anduviera asustando o bien el “mal” que traías adentro.

Era valiente y protectora. Lo mismo te curaba el corazón, diciéndote que el tipo que te había dejado era un pendejo y un cabrón, o te quitaba lo salado y alejaba las malas vibras diciéndote que cargaras un limón en la bolsa y un listón rojo amarrado en la panza.

Ella sufrió mucho pero también logró ser feliz, y eso lo sé porque sólo alguien feliz puede transmitirte lo mismo, y yo sin lugar a dudas era feliz con mi abuelita y la amé mucho. Me sentía querida, protegida y bienvenida en su casa.

A medida que fui creciendo me divertía muchísimo escucharla hablar, entre arcaísmos y groserías se la llevaba y eso me encantaba. Decía lo que pensaba mientras comía o fumaba y le daba igual si te parecía o no. Todavía recuerdo sus frases y de hecho las repito cuando se presta la ocasión.

Me dolió mucho su partida porque, al ser de las nietas más grandes, me tocaron unos años estupendos. Me tocó una abuela que todavía estaba fuerte físicamente, que hablaba claro y sin tapujos; me tocó que me diera abrazos apretados y 25 pesos de domingo que sacaba del monedero o de la bolsa del delantal. Me tocó verla moverse en su cocina con rapidez y destreza y hacer el desayuno para todos los que llegábamos a visitarla.

Ésa es la abuelita que yo recuerdo y aunque la vi moribunda, callada y débil como un polluelo, no hay en mi corazón y en mi mente imágenes más recurrentes y claras que las de la mujer que hacía tortillas de harina como nadie, que le enseñaba al perico a decir peladeces y que me decía “Que Dios me la bendiga mija” cada vez que nos despedíamos.

Me ha dolido su partida pero más me ha dolido su ausencia, que percibo a través de mi madre, a la que todavía veo sin rumbo y sosiego. Esa es la razón por la que quise escribir sobre las personas que se van, simplemente porque les llegó su tiempo aunque nos cueste trabajo entenderlo, y aún más, aceptarlo.

El hueco de mi mami no se va a llenar nunca con nada, porque las personas son irremplazables, pero espero que el tiempo le de paz, fuerza y consuelo para poder ver a mi abuelita como lo que fue: una madre que hizo lo que pudo con lo que tenía y que dio todo de sí misma. Un ser humano con defectos y virtudes. Una mujer al fin y al cabo con limitaciones, sí, pero con la capacidad suficiente para amar y sacar adelante a sus hijos a pesar de las adversidades y de los planes del destino.

No hay mujeres perfectas, todas jugamos los distintos roles que nos tocan en la vida aprendiendo sobre la marcha, a cada una nos hacen felices diferentes cosas y escogemos los caminos que mejor nos parecen, en los momentos en los que tenemos que hacerlo. El esfuerzo de cada una hay que aplaudirlo y valorarlo porque, a fin de cuentas, cada quien camina sobre sus propios pasos…nadie lo puede hacer sobre los ajenos.

Mi abuela está en paz, seguramente fumándose uno de sus cigarros que tanto le gustaban. Está en un plano más allá de todos nosotros, sin enfermedades ni dolor en el cuerpo y muy lejos del montón de preguntas que le hacían y que seguro ya la tenían fastidiada. Ella está en nuestros recuerdos, dentro de nosotros por herencia genética y en nuestros corazones, porque estoy segura, que se ganó ése lugar en cada uno de los que la conocimos.

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