Amar y ser pendejo…

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Inspirado y dedicado a todas las mujeres que como yo, han amado sin freno y sin medida, pero haciendo a un lado el amor propio y guardando en un baúl con llave sus ilusiones, sueños y personalidades… un error terrible y tristemente muy constante.

Uno ama como uno cree que debe hacerlo, como le nace o como lo lee en un libro. Por lo menos sé que así es la primera o las primeras veces. A mí nadie me dijo cómo así que yo simplemente hacía lo que sentía, de modo que si se me daba la gana hacer al susodicho el centro de mi universo, le construía trono y le ponía corona siguiendo los designios de mi corazón, que solía hacer caso omiso de las opiniones de mi cerebro.

Así amé a un hombre, cargando con la alfombra roja para tenderla por donde quisiera pasar y esperando que de su boca salieran sus deseos para hacérselos realidad. Me enamoré a lo pendejo, como suele enamorarse una por lo menos una vez en la vida o en algunos casos para siempre.

El mío fue un amor en el que entregué mi voluntad junto con todo lo que yo era. Mis deseos y pensamientos no importaban nunca más que los de él; mis problemas o necesidades solían ser minimizados por mí misma y mi vida parecía no tener sentido si no giraba a su alrededor.

Crecí esperando a mi príncipe azul, animada por todas las historias que desde niña comencé a leer y por la estupenda relación que siempre vi en mis papás. El amor para siempre, la lealtad a toda prueba, la confianza absoluta, el amor incondicional…todo eso existía en mi idea de una relación.

Pero no sabía que eso se logra cuando las dos personas que participan de dicha relación hacen todo eso recíprocamente. Así que yo ponía todo eso de mi parte y más, conformándome con lo que recibía y cometiendo el peor error de todos: ser quien yo creía que él quería que fuera.

Yo digo que ese es el peor porque de pilón él nunca pidió, así expresamente, que cambiara en algo, pero si lo escuchaba criticar algo en otra mujer inmediatamente asumía que yo podría estar cometiendo el mismo error y entonces ponía manos a la obra corrigiendo o evitando hacer lo que sabía que no le gustaba.

Fui complaciente y devota. Fui creando una versión de mí misma según los estándares que él marcaba basándome en sus palabras, sus deseos, sus críticas, su forma de ser y sus expectativas. Todo lo hice solita, por voluntad propia y convicción de que era lo mejor para tener una relación funcional. Tenía metido en la cabeza que eso de ceder en la relación se refería a que a veces uno tiene que dejar de ser -si esa parte de ti no le gusta-  para que el otro sea feliz.

En ése camino toleré y perdoné conductas totalmente nocivas e incluso humillantes, que se volvieron cotidianas porque a medida que pasa el tiempo vas justificando a tu pareja y justificándote a ti misma… todo porque tienes miedo.

Miedo de romper con la rutina -negativa y perjudicial- pero a fin de cuentas tuya, ése es tu mundo y pensar en dejarlo te da miedo. El temor de no ser capaz de despertar atracción y amor en otra persona te pone una venda en los ojos y una mordaza en la boca. Piensas que más vale malo por conocido que bueno por conocer y más si aparte de todo tienes tres hijos y toda una familia (incluyendo a la política) que parecen ver con muy buenos ojos ése matrimonio tan sólido y ejemplar. Se antoja imposible siquiera pensar, para ti misma, la opción del divorcio.

Qué cosa tan fea y tan común son ésas relaciones que a ojos de todos son perfectas y que a puerta cerrada son una parodia del amor. El día que te entra el valor y rompes aquello todo el mundo te ve como si estuvieras loca y te cuestionan, te acusan, te hacen dudar incluso.

Le tenía devoción como si fuera un santo, mi estabilidad emocional, mental y física dependían de él, o por lo menos así lo quería creer.

Una vez una amiga me dijo: “tú sí que estabas, literal, perdidamente enamorada” y yo le contesté: “no, enamorada es una cosa y estar pendeja es otra…yo quise los dos adjetivos juntos y esa es la peor combinación”.

Me enamoré así de quien no merecía ese amor, y me enamoré así porque creí que así debía ser. La vida te va enseñando que no es ése el camino correcto y te va dando oportunidades de cambiar. Yo dejé ir por lo menos dos en ese afán de creer que todo cambiaría, gracias a dulces y amorosas palabras susurradas en mi oído y que llegaban hasta mi corazón, desesperado por salvar aquél amor que llegó un día con muchas ganas de quedarse.

Nunca pensé que me volvería a enamorar, mucho menos imaginé que lo haría con más fuerza y una madurez desconocida para mí. No conocía el amor que te hace crecer, que te impulsa y te hace mejor. No conocía el amor generoso, el que se da sin esperar recibir algo a cambio.

No sabía de relaciones donde pudieras pensar u opinar lo contrario de tu pareja y que estuviera bien, es decir, que no fuera motivo de pleito o discusión. No sabía lo que era sentirme segura de mí misma y reconocer mis cualidades. Mi corazón no sabía lo que era sentirse tranquilo, protegido y correspondido. No conocía una relación con la honestidad como estandarte, estaba acostumbrada a la omisión y la mentira.

Dejé de creer en la existencia de los príncipes azules, dejé de creer en las “bondades” de la devoción, dejé de ser ingenua en el amor. Dejé de creer que uno puede ser completamente feliz tan solo con la felicidad del otro.

Y verán, ese hombre al que amé de ésa manera tan incorrecta, no es malo ni es un patán o un idiota, solo es él…y él no era para mí.

Un día logré alejarme y ver mi relación con él en su justa dimensión, con lo que ponía cada uno, con lo que estaba funcionando y lo que no, puse en una balanza lo bueno y lo malo y terminé quedándome con mis hijos solamente, ni había nada más para salvar.

Ése día decidí, con lágrimas corriendo por mis mejillas, que esa relación se terminaba para siempre, que no me merecía seguir viviendo así y que a costa de lo que fuera yo iba a ser feliz.

Lo que siguió fue doloroso y desgastante pero pasó. Se terminó, se fue para no volver nunca.

Hoy estoy enamorada de nuevo y como nueva. No me pudo pasar en mejor momento que éste porque después de tanto descalabro, hoy puedo presumir que amo con todo mi corazón, con ganas renovadas, con la fuerza de mil caballos, con pasión, admiración, deseo y emoción…estoy muy, muy enamorada pero ya no estoy pendeja…éso se lo dí en la mano a aquél hombre junto con los pedazos de corazón que me quedaban.

Me despedí entregándole todo lo que ya no quería ni servía en mí. Le dejé la que había sido con él porque cuando me dí media vuelta ya era otra, una nueva y mejorada, lista para amar y ser amada como Dios manda.

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2 pensamientos en “Amar y ser pendejo…

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