Los besos robados.

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La primera vez que me robaron un beso me puse nerviosa, comencé a temblar y enmudecí. No le pude decir nada al susodicho, que por cierto, esbozó una sonrisa y y me miró a los ojos como si lo que acababa de hacer fuera la gran hazaña del mundo.

Fue corto, pero duró lo suficiente como para sentir por completo sus labios sobre los míos, y también para no dejarme dormir en toda la noche pensando en qué estaba pensando ése tarado cuando se le ocurrió llevar a cabo tal atrevimiento y de pilón tener la desfachatez de no decirme absolutamente nada.

Me besó, me miró, sonrió y se dio la media vuelta, dejándome ahí parada…estupefacta y gustosa.

Al día siguiente, ya más recompuesta, me fui a la escuela decidida a sostenerle la mirada al tipo y hacerme la mujer de mundo, o sea, la que no le dio importancia al besillo ese, pero nada más volver a verlo y me temblaron las rodillas, tuve que voltear para otro lado mientras me decía a mí misma “tranquila, que si te ve nerviosa lo disfrutará más” y lo logré. Se me pasaron las seis horas de clase como si fueran meses pero logré mantener la compostura, reí, platiqué, fui al baño y hasta le puse atención al profe de tele que tan gordo me caía.

Al terminar las clases agarré mis cosas para irme a mi casa, pero como siempre, me detuve a conversar un poco con mis amigas, él se nos unió y ni me volteó a ver,  fue como si no existiera, como si no fuera yo la pobre víctima de su robo. Nada. Pero al despedirme de todas, se me atraviesa entre una amiga y otra, y de nuevo me besa, pero ésta vez en la mejilla a modo de despido y me dice quedito al oído “nos vemos”.

Y ahí voy otra vez, a sufrir de “insomnio post despedida con beso” por culpa del ladrón. Está de más aclarar que el hombre en cuestión me gustaba, lo que no está de más es decir que me gustaba como no me había gustado nunca un hombre, ni siquiera el magnífico novio que tuve y que luego se convirtió en mi marido.

No, nadie hasta ahora, me había provocado semejante sensación en el cuerpo, me sonrojaba nada más de pensar en él. Así que cuando me robó el beso fue tanto como haberlo escuchado decir “tú también me gustas” lo cual en aquéllos tiempos se me antojaba poco menos que imposible porque no me consideraba atractiva para nada y él era algo así como el Don Juan de la carrera. Pero ahí estaba yo, con los labios ultrajados por la mismísima estampa de la lujuria convertida en hombre y de pilón compañero de salón.

Una semana después me volvió a robar otro, pero ése fue más lento y apenas en la mitad de la boca. Segura estoy de la premeditación del hecho porque nuevamente me vio a los ojos y se sonrió.

Sin embargo, ya había pasado tiempo suficiente como para que me regresara el alma al cuerpo y la inteligencia al cerebro, de modo que ese día decidí hacer contacto directo, sin tapujos ni medias tintas hice acopio de toda mi madurez y le mandé un papelito preguntándole “quiúboles qué” porque deben saber que enfermita de los nervios y todo pero era muy aventada y me dije: “si quiere bueno y si no también, pero ya, porque pa besitos robados ni que fuéramos adolescentes”.

Nos estuvimos enviando el papelito de ida y vuelta varias veces, dejando claro que el gusto era mutuo y que ambos queríamos un beso con duración decente lo cual sucedió, no ése día pero sí después. La calidad definitivamente aumentó y dio paso a una relación que me enseñó muchas cosas sobre mí. Pero sobre todo aprendí del amor, de la pasión, del sexo, de las diferencias entre una cosa y otra, el valor de las relaciones y las personas, los prejuicios y hasta dónde se te puede meter una persona en el corazón.

Mi teoría es que los besos no se roban,  sino que en realidad están destinados a ser, que esas bocas se atraen de tal forma que comienzan a buscar incansablemente la manera de unirse. No hay un tiempo ni un lugar adecuado y poco importan las circunstancias, lo primordial es encontrar el camino que las lleve a acercarse lo suficiente como para alcanzar a sentir el aliento, el roce, la tibieza y si se puede, el temblor casi imperceptible que tangibiliza la emoción de ese par de seres, dueños de esas bocas, que solo encontrarán sosiego cuando estén juntas…compruebo mi teoría conmigo misma…mis labios reciben besos de aquella boca que un día buscó la mía, robándose lo que ahora le pertenece por elección del alma o por que ya estaba escrito así.

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