Hay ángeles disfrazados de maestras… y yo creo que todos hemos tenido una.

pintura

4 días después de la fecha y apenas me llegó la inspiración. Fue día del maestro y como los chicos no fueron a la escuela… esta madre que escribe se dio el lujo de levantarse tarde y hacer de cuenta que el viernes era domingo, por lo tanto mis obligaciones laborales, bloguísticas y de ama de casa también tomaron vacaciones.

Pero hoy, mi hijo Leo de 8 años y que cursa el tercer año de primaria, se subió de nueva cuenta al auto con la noticia de que le había ido muy bien en la escuela.

Desde hace meses es así y todavía no me canso de oírlo porque deben saber -para entender mi incansable regocijo- que mi hijo cargaba un gran costal todos los días, lleno de inseguridad, introversión, timidez, enojo, confusión, miedo y baja autoestima.

Desde que entró a preescolar tuvimos que afrontar situaciones difíciles, no controlaba esfínteres, no toleraba críticas, no quería compartir y eso de la participación en clase a la hora de cantar y bailar definitivamente no iba con él. En los festivales del día de la madre, mientras que el resto de las señoras hacían circo, maroma y teatro -en tacones- para poder tomar vídeo o la mejor foto de la actuación de sus hijos, yo me dedicaba a ver a mi chamaco, hacerle señas para que supiera que ahí estaba y sonreírle, aunque él a duras penas me regresara la sonrisa, concentrado en lo que estaba haciendo, o sea nada. Mi Leo se quedaba parado, sin moverse, con el disfraz comprado expresamente para los escasos 2 o 3 minutos del numerito.

Cuando entró a la primaria no mejoraron las cosas, al contrario. Le tocó subir de grado justo cuando a su madre se le antoja divorciarse de su padre, el colegio se volvió bilingüe, nos cambiamos de casa… y entonces, lo perdimos.

Pasó todo un año tirando el lonche, arrancando las páginas de sus libros, sentándose en el suelo para mostrar su enfado por algo, sin querer hacer tareas y dándole escasos buenos momentos a las misses y a su madre. Era tiro por viaje, Leo esto… Leo aquello… Leo hizo… Leo no hizo… y aparte de todo era mudo. Prácticamente no hablaba y cuando lo hacía había que acercarse o pedirle que lo repitiera de tan bajito que lo hacía.

Lo cambié 3 semanas a una escuela en la que ni siquiera sacaba los cuadernos o los libros de la mochila y en la que a la semana la maestra me mandó llamar -con todo y boleta de calificaciones anterior- para así poder saber si mi hijo sabía leer y escribir porque nomás no lograba que hiciera nada.

Pero mi hijo sí sabía, lo demostró la Unidad de Servicio de Apoyo a la Educación Regular (USAER),  que es la instancia de la educación especial que se crea para favorecer la atención de los alumnos con Necesidades Educativas Especiales (NEE). Al primer examen resultó que mi hijo leía y escribía muy bien, contestaba lo que le preguntaban y no tenía bronca en aprender siempre y cuando no estuviera en el salón, en medio de tanto niño -eran 45- y la maestra le tuviera paciencia.

O sea que ni una ni otra, porque no iban a darle clases particulares todos los días con la psicóloga, ni iban a dividir el grupo en dos ni la maestra le iba a dedicar atención especial a mi hijo, de hecho de plano me dijo un día “oiga señora, ya ve que salimos a las 2:30, yo creo que si viene por su niño como a la una sería mejor porque mire, él ni quiere estar aquí, se sale al patio con todo y mochila y la verdad pues no me hace caso y yo no tengo tiempo para andar atrás de él”…

A veces, la vida te llena de tal cantidad de situaciones difíciles que sientes que algo debes o que no vas a poder con todo. No ves salida por ningún lado y lloras, lloras de desesperación, dolor, angustia y rabia preguntándote si acaso tu vida tiene solución.

En ésas estaba con Leo cuando decidí cambiar de lugar de residencia, lo cual significaba: nueva casa, nueva escuela, nueva maestra, nuevos compañeros… todo un mundo para mi niño.

Pero dicen por ahí que los tiempos de Dios son perfectos y que luego te aprieta pero no te ahorca. Llegamos a una escuela que no era ni tantito parecida a la que tenía antes, con carencias y muchas cosas diferentes comenzando por el horario de 8 de la mañana a 12:40 de la tarde.

No parecía ser el mejor lugar, de hecho se antojaba como que la cosa iba a empeorar pero no fue así. Tuvimos la fortuna de que a Leo le tocara una maestra muy joven, que parecía inexperta y no tanto la mejor opción para un niño como el mío, pero fue todo lo contrario. Leo comenzó a cambiar, poco a poco empezó a dar muestras de que la escuela ya no era el peor lugar para estar, no participaba pero no se salía del salón, sus ataques de rabia eran cada vez menos frecuentes y hasta lograba anotar algunas tareas.

Para mediados de año ya tenía mejores calificaciones, hacía los exámenes junto con todos sus compañeros y aunque la levantada siempre le daba flojera comencé  a verlo salir contento de la escuela. Terminó bien el año, anotando la tarea todos los días y con alabanzas de la maestra acerca de que leía muy bien, tenía amigos y trabajaba en clase.

Yo le adjudiqué a la maestra todo ese avance y me desilusioné un montón cuando supe que no podía tener idea de quién sería la próxima maestra de Leo porque cada año sorteaban los grupos. Me daba miedo que el avance ya no diera para más y se estancara.

Se llegó el día del regreso a clases y llegamos a la escuela. Nos adelantamos con la intención de conocerla y poder platicarle el caso de Leo, pero me encontré con una chica un poco nerviosa que me recibió con la noticia de que no estaba segura de si iba a quedarse o no con el grupo. Duró una semana cuando llegó la que sería la maestra permanente.

Fuimos citados a junta y para mi asombro comenzó puntual, diciendo que había que hacerlo así por respeto al tiempo de todos, sobretodo de los niños, que entre más nos tardáramos nosotros más tiempo pasaban ellos sin clases. Firme y decidida nos habló medio golpeado sobre cómo sería la dinámica de trabajo.

Me gustó… pero faltaba que le gustara a Leo.

Hoy, a dos meses de que se termine el año escolar quiero agradecerle a esa mujer todo lo que ha hecho por mi hijo. No hay con qué pagarle la atención, la dedicación y todas las palabras de aliento con las que ha abrazado a mi hijo cada vez que él dudaba de sí mismo. Ella siempre dice que es un trabajo de 3: el niño, ella y los papás. Y es cierto, en casa hacemos lo que nos toca, pero sé que definitivamente sin la enorme disposición de ella no hubiera sido posible que en la pasada entrega de calificaciones me felicitara enfrente de todos por el avance tan significativo de Leo. Me entregó exámenes casi perfectos y me dio un abrazo diciéndome que él era un ejemplo de que cuando se quería se podía.

¿Qué sucedió? Muy sencillo, mi hijo tuvo dos maestras, la de segundo y ésta última de tercero, que le dieron amor, que no lo rechazaron por su conducta sino que decidieron ser empáticas con la situación por la que el niño atravesaba. Ambas tuvieron paciencia y dedicación. Pero sobretodo ésta última, la maestra Martha, me dijo desde el principio “yo no tengo niños especiales, ni siquiera Ángel que tiene síndrome de Down lo es para mí. Todos son iguales, todos pueden y a ninguno voy a tratar diferente porque voy a dar la misma clase y atención para todos”

Cada vez que mi hijo se enojaba o se frustraba si algo no le salía bien, corría hasta él y se agachaba para abrazarlo, lo apretaba y le decía “Leo respira, tranquilízate, respira y déjame decirte que cuando lo hagas y vuelvas a leer el problema verás que lo entiendes mejor. Eres muy listo, eres un niño de diez y yo sé que puedes sacártelo, yo creo en ti, yo sé que tu puedes”. Y funcionó.

Ahora Leo no anota la tarea, la memoriza, y eso cuando no llega a casa diciendo que ya la hizo en la escuela. Termina primero o segundo los trabajos en clase, saca buenas calificaciones. Se controla solo. Tiene muchos amigos y aunque sigue siendo un problema la levantada todos los días, ahora va contento por todo lo que aprende. Sus libros ya no están rotos y ya usa cada libreta para la materia que es.

Así que aunque tardío, pero aquí está mi reconocimiento para todos esos maestros que tienen vocación y que van más allá de eso. Se involucran y les importan sus alumnos. Mi respeto para aquellos que son conscientes del tamaño de la influencia que tienen con nuestros hijos y procuran que ésta sea benéfica.

Mi niño apenas comienza, no va ni a la mitad, pero el avance en su autoestima es increíble, ahora tengo un niño ávido de saber más, que ya logró creerse esa frase de “El que quiere, puede”. Y no hubiera llegado hasta aquí sin el apoyo de ésas mujeres que aparte de enseñarlo tuvieron corazón para quererlo, porque solo así, queriendo a mi hijo, es como lograron ayudarme a sacar al niño que es hoy.

Tienen mi agradecimiento y reconocimiento por siempre, que sigan teniendo esas ganas, ese deseo de dejar huella en cada niño que llega a estar bajo su tutela y cuidado. Que la vida las premie por cada corazón contento, que se refleja en las sonrisas de esos niños que saben que pueden confiar en ellas. Nunca olvidaré el apoyo y el cariño recibido.

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