La importancia de las cosas simples…

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No cabe duda que junto con la edad viene la sabiduría que da la experiencia. He pasado un fin de semana cargado de ejemplos y demostraciones de que desafortunadamente al mismo tiempo en el que nuestro cuerpo va creciendo, desarrollándose y envejeciendo… lo mismo le pasa al cerebro y al corazón.

De modo que somos niños y al mismo tiempo ignorantes…o inocentes para que no se oiga tan feo. Somos jóvenes por fuera y también MUY jóvenes por dentro. Te vas haciendo adulto y hasta entonces te empiezan a caer los primeros vestigios de inteligencia emocional y la racionalidad parece comenzar a florecer. 35 o 40 y ya parece haber coherencia entre lo que sientes, lo que piensas y lo que haces…y así hasta que ya eres viejo y ves a todos los que están atrás de ti y sonríes porque ya llegaste al final de camino y sabes muy bien que el camino es largo y de pilón no es fácil.

La vida es eso, un camino. Uno donde entramos a ciegas y comenzamos a ver hasta que ya pasan muchos años.

Pero en ese camino hay un montón de cosas que nos ayudan a sobrevivir, a levantarnos cuando nos caemos, a sonreír cuando nos cansamos de caminar, a llenar de nuevo el tanque de energía cuando todo parece apagarse… sólo hay que poner atención a lo que nos rodea.

Llega una edad en la que estamos tan ensimismados en tener, acumular y demostrar que se nos pasa el tiempo, se van los días y nuestro alrededor junto con las personas se vuelve invisible. Pero si te detienes un poco y prestas atención, lo verás.

Las carcajadas de tus hijos, una tarde lluviosa, una buena película, el olor del café por la mañana, la brisa en un día soleado, un beso, un buenos días de tu vecino, que te den el pase cuando manejas, que tu perro mueva la cola emocionado porque te ve, acostarte con tu pareja por la tarde y tomarse de la mano mientras ven la tele, cantar cuando manejas, dormir bien, abrazar a alguien que quieres, un atardecer, una buena duchala lista es interminable y lo mejor de todo: está al alcance de la mano, tan solo tienes que poner atención, porque todas esas cosas existen y se dan para hacernos felices, para enseñarnos que aunque parezcan pequeñas e insignificantes pueden lograr un cambio importante en la persona que logra detectarlas y disfrutarlas.

Yo soy feliz en mi clase de spinning, viendo a mis perros correr y jugar, escuchando a mi hija cantar o a mis hijos reír, soy feliz cuando Luis me da un beso para despertarme o cuando me abraza en la noche para dormir. Soy feliz cuando le doy un trago a mi botella de agua fría en un día de calor, cuando voy a desayunar casi todos los días con mi mamá aunque nomás me tome un café y un taco de queso. Ver a mi sobrina y mi hermana por el FaceTime, el olor que en éstos días deja la lluvia, leer en el baño, escribir lo que se me pega mi gana, entrar a mi face y leer que mis amigos están de viaje, celebran algo o simplemente están contentos. Traer las uñas arregladas y que la ropa me quede bien. Comerme un chocolate o escuchar una canción que me gusta. Todo eso me hace feliz y antes no era así. 

Hace no muchos años, vivía preocupada, estresada por la escuela, las tareas, las cuentas, mi apariencia, lo que pensaban los demás de mí. Vivía sin vivir realmente.

Éste fin de semana fue sencillo, un viaje de poco más de una hora y ya estaba en otro clima y otro ritmo, sudando y en medio del tráfico pero contenta de saber que mi Luis iba a abrazar a sus papás después de dos meses de no poder estar juntos, contenta de saber que mis hijos iban a ver su papá después de 3 semanas de no verlo y que yo iba a pasar un buen rato con mis amigas también.

El viaje de ida y regreso fue relajado, sin contratiempos y no pude evitar, cuando entré a mi ciudad, sentirme feliz por todo, por la oportunidad de vivir cada uno lo que vivimos, por regresar con bien y ponerle la cereza al pastel en el momento en el que escuché a mis perros ladrar aún cuando todavía no entrábamos a la casa. Abrazarlos y sentir su gusto por vernos de regreso no tiene precio.

Me siento orgullosa por poder apreciar esas cosas pequeñas y cotidianas, me hacen feliz y pretendo que así siga siendo hasta el fin de mis días.

Nunca es tarde para detenerse a mitad de lo que estés haciendo y darte un momento para respirar y poner atención… hazlo y verás que poco a poco aumentará la cantidad de cosas simples que te sacarán una sonrisa y te harán sentir agradecido por estar vivo.

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