Telepatía

suños entre dos

Telepatía.

Eso era lo que le faltaba a mi vida. Yo quería telepatía. Adivinar lo que pensaba él y que mis pensamientos fueran un libro abierto con tan solo mirarme. Pero ni dándome golpecitos en la cabeza lo lograba.

Un día hasta me compré un libro para practicar y explorar mis habilidades extrasensoriales. Lo leí de pe a pa, hice los ejercicios hasta que me dolió la cabeza y nomás no pude lograr que me viera a los ojos y me dijera: “yo también”, como respuesta a todos los “me encantas y muero por andar contigo” que le envié clavándole la mirada, así con mucha fuerza en su espalda, en la cabeza, en su rostro…nada. No funcionaba. A duras penas lograba que volteara a verme y medio me sonriera, lo cual seguramente era el resultado de encontrarse con mi mirada a cada rato…como loca obsesiva…y seguramente le daba pena ajena…de ahí la sonrisa forzada.

Se me pasaron los meses y opté por el método más amigable de sonreír y enviar papelitos pidiendo apuntes, pluma roja o sacapuntas. Y mis avances fueron más significativos porque ya por lo menos me dirigía la palabra y sonreía abiertamente. Yo juraba que iba de gane y más cuando se organizó la posada de la escuela y me tocó en el intercambio…“¿así o más destinados?” pensaba yo.

Imagínense a mi pobre corazón cuando se llegó el día y la hora, comenzamos con la entrega y descubro que ¡yo también le había tocado a él! Como de película, me sentía totalmente tocada por el destino, casi podía ver a Cupido sentado en una silla, aplaudiendo por tan buen tino. No solamente nos tocamos mutuamente en el intercambio sino que ¡nos dimos la misma tarjeta de felicitación!…bueeeno, mi felicidad era completa.

La telepatía carajo ¡la telepatía!

Se ofreció a llevarme a mi casa cuando se terminó la posada, así que ahí iba yo, flotando las 5 cuadras que había de distancia, en medio de silencios raros y de comentarios de asombro por la coincidencia tan curiosa de darnos uno al otro y de pilón las mismas tarjetas. Risas nerviosas y palabras que no salían. Llegamos a mi casa en medio de mi desesperación porque él no decía nada más y ya se nos había acabado el camino y el tiempo -mis papás eran muy estrictos con la hora de llegada- en puros comentarios equis.

Abrí el portón, el afuera y yo adentro. Puso sus manos en la reja…yo también…y nada. Ni un roce a la mano, un mañana lonchamos juntos…un…un…un “yo también”...nada. Dijo “Bueno, nos vemos el lunes en clases” y se fue.

Ese viernes mandé la telepatía a la fregada y me convencí de que no existía así como tampoco había amor para mí en éste mundo cruel, maldito y despiadado.

Para sorpresa mía a partir del lunes nos hicimos cada vez más y más cercanos hasta volvernos mejores amigos y luego la vida siguió sorprendiéndome con un novio al que conocí de manera tan casual que ni me la creía que al mes ya estuviéramos agarrados de la mano y diciéndonos “te amo y estaremos juntos para siempre”. No, no había telepatía. Ni de amigos ni de novios pero ya no pensaba en eso.

Hasta que un día un tipo se me puso en enfrente y me dijo: “Mucho gusto” y el universo hizo que en mi cabeza se escuchara una alarma que me puso la piel de gallina.

Entonces supe que la telepatía sí existía. No tenía que decirme con palabras que le gustaba, porque podía escucharlo retumbando dentro de mí cada vez que hablábamos. No había nada oculto. El hombre tenía una habilidad tremenda para llegar a los lugares más recónditos de mi mente y escarbar, escarbar y escarbar hasta que lograba que me ruborizara.

Y yo, bueno, supongo que el rubor en mis mejillas, la mirada perdida y la sonrisa estúpida que traía siempre le hablaban todo el tiempo dado que mi cerebro no funcionaba muy bien que digamos cuando platicaba con él.

Nos hicimos expertos en hablarnos sin usar palabras, en ponernos de acuerdo con miradas y en transmitirnos mensajes aún sin vernos. Más de una vez me llamó o le llamé para escuchar un “sabía que eras tú”. El magnetismo mental nos delataba.

La telepatía existe puesto que dejamos de vernos y la distancia quiso marcar nuestros destinos hasta que después de un tiempo los mensajes comenzaron a hacerse cada vez más fuertes en nuestras mentes.

Cada quien en su espacio, sus circunstancias y su tiempo comenzó a recordar, a traer pensamientos en la cabeza. Un olor, un amigo en común, un comentario escuchado…la rueda comenzó a girar en la dirección que nuestras mentes le marcaron, hasta que nos juntó de nuevo y adivinando la presencia de uno y de otro, las primeras palabras escuchadas fueron: “sabía que eras tú”.

Y aquí estoy, adivinándole el pensamiento todavía, acertando en las necesidades y escuchando palabras aunque de su boca no salga un sonido. Dejando que los silencios, las miradas y las piel comuniquen lo que nos queremos decir.

Muchas, muchísimas veces he volteado a verlo y él está mirándome también y entonces escucho, no un “yo también”…sino un “TE AMO” claro y perfecto que se aloja en mi pecho provocando un suspiro y una sonrisa.

La telepatía existe.

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