Tiempo al tiempo, Dios a lo suyo y nosotros… sentaditos.

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Y aquí estamos.

Dicen que el tiempo pone todo en su lugar, que hay que darle chance de acomodar todo lo que desarreglamos con nuestras decisiones y actos. Y es cierto. Para aquellos que se arman de paciencia y un día deciden parar un poquito, respirar y darle “tiempo al tiempo” la respuesta llega. Tal vez no de la manera en la que esperábamos, quizá más tarde que temprano o probablemente con una solución que no nos guste, pero llega, y hay que aceptar el resultado.

A veces el tiempo nos da la razón, otras nos enseña que definitivamente estábamos equivocados y otras nos permite ver las diferentes aristas de la situación que no nos deja dormir ayudándonos a escoger una solución.

No siempre me ha gustado dejarle al tiempo la resolución de las cosas, en realidad soy fan de hacerlo todo por mí misma. No delego para nada y en la mayoría de los casos, meter mi cuchara hasta el fondo no ha resultado bien y mi soberbia ha sido castigada.

Me cuesta trabajo soltar, dejar que la vida suceda y que las cosas solitas se acomoden en su lugar. Para mí es lo mismo que decir: Dios mío pongo todo en tus manos…y es que yo pienso: ¿y qué culpa tiene Dios de que por enésima vez no sepamos qué hacer y entonces le echamos el paquete? Hacer eso me parecía cobarde, hasta que se llegó el día en el que ya nomás me quedó voltear pa arriba y decir: si parpadeo de seguro me cae un rayo Diosito, hágase tu voluntad y no la mía…así de creyente y desesperada ésta mujer que no va a misa pa no pelearse a la mitad del sermón con el padre que la oficia.

Ni Dios ni el tiempo pensaba yo. Si se lo encargo al primero, entre tantas cosas que tiene por resolver y tanta gente por ayudar, pues gracias, como en fila de Banorte, o sea nunca. Y si se lo dejo al tiempo se van a pasar los años y yo sentada esperando justicia y soluciones, pues no. 

Yo solía necesitar resultados y atrabancada como soy, los quería rápido.

Pero ¿qué creen? Pues que no sirve, nomás lo enredas todo aun más y en una de esas hasta pierdes pedazos importantes de dignidad y cordura.

Aprende uno a la mala, como casi todo en la vida y entender que no todo es y será como uno quiere es de lo peor, duele re feo y da coraje. Si no se viera tan mal hacer berrinches, los haríamos y monumentales.

Y sin embargo tampoco es para morirse, la recompensa llega y no es tan tardado como la fila del banco. En realidad si aprendiéramos a detectar rápidamente cuando una situación ha salido de nuestro control y ya no está en nosotros darle solución, sería más fácil para Dios y para el tiempo hacer su chamba. Como dicen por ahí “usted flojito y cooperando”  ¿en qué radica nuestra participación? En aceptar primeramente que se tiene un problema, luego en aceptar humildemente que no somos omnipotentes y tercero aceptar las soluciones que se nos presenten aunque no nos gusten del todo.

Aunque sigo pensando que es una opción extrema y que tiene uno que hacer lo que se pueda hasta topar con pared, tengo que reconocer que el tiempo es sabio y Dios un excelente administrador de dicha sabiduría. Sus soluciones han resultado menos belicosas que las mías y por lo tanto me he evitado confrontaciones y muchos malos ratos. A veces ni cuenta nos damos y todo se resuelve porque “Dios pone todo en su lugar”.

Y así regreso al principio de estas líneas, en donde dije: Aquí estamos, o mejor dicho, aquí estoy. Después de un largo viaje de vida, que se antoja como el que hicimos hace 25 años en camión a Cd. Juarez, largo y atropellado. Pero estoy contenta, en paz y sentadita, dejando al tiempo que haga lo suyo (que lo hace muy bien) aprendiendo de sus pausas y maneras. Hablando con Dios y aceptando sus decisiones, aunque me brinquen en la cabeza la mitad de las recomendaciones del sermón dominical, siempre le he dicho: no es culpa tuya Dios mío, es que somos humanos.

Así, en paz y sentadita, aprendí a no aferrarme a que las cosas tienen que ser como yo digo o quiero, a aguantarme cuando las circunstancias no me son favorables, a ignorar a las personas que no me quieren y a dejar afuera de mi casa lo que no me sirve.

En paz y sentada agradezco a Dios y al tiempo por echarme la mano siempre que lo necesito. Tan solo cierro los ojos y me dejo llevar, pensando que todo lo malo tiene que pasar y que siempre trae un bien al final… es cosa de saber identificar ese bien porque a veces no es tan tangible como uno cree que será, pero ahí está, sin lugar a dudas. No hay mal que por bien no venga.

Aprendamos a detectar cuando los problemas están en nosotros mismos, cuando la solución está en uno y cuando definitivamente ya no es así. Y aprendamos también que el chiste de pedir ayuda es aceptar las soluciones que otros darán aunque no nos gusten. Darle tiempo al tiempo o dejarlo en manos de Dios significa soltarse y fluir, aceptar y accionar bajo esas condiciones. Sin renegar y sin quejarse.

En la vida todo tiene solución menos la muerte y yo agregaría que por lo menos la mitad de esas soluciones pueden darse de manera inteligente y pacífica, sin que queden cicatrices. Hay que hablar, comunicarnos, ver a los ojos a las personas, aceptar lo que somos y lo que no somos. Madurar, razonar y sobretodo sentir, manifestar lo que uno trae adentro es una ayuda determinante para Dios, que aunque sí es omnipotente, no es para nuestro uso personal, no hay que cargarle la mano.

Así que no hay que ahogarse. Ni se tire al suelo esperando a que lo levanten. Siéntese y piense. Sea honesto y acepte. Pida ayuda y coopere. Haga uso honorable de esa alma que le dieron cuando fue creado, no la desperdicie y viva, que el tiempo y Dios harán siempre lo suyo.

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