Corazones remendados

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No hay manera de reconfortar a un corazón destrozado.

Cuando eso pasa la única opción es hacerse a un lado del camino y avanzar junto a ésa persona que quieres y acompañarla mientras se arrastra, mientras intenta levantarse y luego vuelve a caer con la vista nublada por las lágrimas. Tú sientes que no puedes hacer nada, pero para ésa persona, verte ahí aun sin decir una sola palabra… lo es todo.

La primera vez que me partieron el corazón se me fue el aire. Sentía que no podía respirar y tuve que correr al baño a echarme agua fría en la cara. Me quedé viendo mi reflejo en el espejo sin saber qué hacer, con la mente en blanco, en shock… hasta que lo escuché preguntarme “¿estás bien?”… y luego me escuché a mí misma contestar: “No, no estoy bien”.

Lo que siguió fue un vaivén depresivo en el que fui dejando de ser yo misma para convertirme en una víctima de la infidelidad, desconfiada, respondona, sarcástica y autocompasiva.

Las personas que hacen eso no saben la profundidad de las marcas que quedan en el alma. A veces las heridas no sanan nunca, otras veces te das cuenta de que en realidad apenas fue un raspón y en otros casos te tomas tu tiempo pero sales adelante.

Lo que muchas no dicen es todo lo que pasa por tu cabeza cuando tu corazón sufre un atentado. Te vuelves insegura y te buscas los defectos en el cuerpo, en la cara, en la cabeza, en el clóset y hasta en el signo zodiacal, te obsesionas en encontrar las posibles causas del desamor, las razones por las cuales ése que decía que te amaba tanto ahora se pasea con otra y le jura el mismo amor eterno.

En mi caso no le batallé mucho porque de por sí era insegura, así que inmediatamente eché medidas y cuentas sacando como conclusión que entre las tetas, las nalgas, la tez blanca, los ojos amielados y la disponibilidad de horario de la otra, obviamente yo salía perdiendo y de pilón por muchos puntos. Así que después de eso me casé con la idea de que estaba flaca sin chiste, sin cintura, prieta, sin nada destacable en mí más que el maldito lunar junto a mi nariz que siempre había odiado.

El tipo me había quitado hasta lo poquito de lo que a veces me agarraba para sentirme bien que era mi estatura y mi inteligencia. Cuando la supe chaparrita me dije a mí misma: “le gustan bajitas y tú no lo eres” y cuando supe que sacaba buenas calificaciones y tenía un buen trabajo…me mató. Yo no era ni la mitad de ésa mujer y de pilón tenía miopía. 

Luego, la segunda vez, sentí claramente cómo me dolía el pecho, cuando me cayó el veinte de que no era suficientemente inteligente, ni guapa ni valiosa como para ser prioridad en la vida de esa persona. La tercera vez dolió tanto que pensé que de esa ya no salía. Ni siquiera me preocupé por ver cómo había quedado después del desastre.

Me tardé más de diez años en entender que tenía un serio problema de autoestima y un poco más de tiempo en aprender a quererme y valorarme. Y necesité el mismo tiempo para repartir culpas y reconocer que no todos los errores habían sido míos.

Todo el mundo te dice cómo hacerle pero no es fácil, simplemente no lo es. Así como no lo es dejar de sentir amor por una persona, aunque te “malquieran”. 

Pero un día llega alguien con hilo y aguja. Y comienza a verte como eres, toma cada pedazo y lo observa. Va armando el rompecabezas y comienza a remendar, con puntadas finas pero firmes, apretando lo necesario para que no se suelte pero también para que no duela. Ese alguien puede ser tu pareja definitiva, un amigo, tu hermano o hasta tus padres. La ayuda llega cuando tiene que llegar pero sobretodo cuando estás lista para recibirla.

¿Y cuándo estás lista? Cuando tú misma ya estás buscando cómo ayudarte. Cuando estás dispuesta, cuando estás consciente de que el daño que te hicieron, no tiene por qué formar parte de tu presente.

A mí me llegó ese día y esa ayuda de manos de una persona extraña, que se dedicó a escucharme y hacerme preguntas. Dibujó mi vida entera en una cartulina, literal, e hizo una lista con mis defectos y mis virtudes. Ese día comencé a remendarme a mí misma porque todavía no confiaba en que alguien más pudiera hacerlo.

Después llegó a mi vida alguien que me permitió descansar, pues para ese entonces el espíritu me dolía de tanto remiendo. Y terminó de hacer lo que me faltaba.

Los corazones remendados quedan bien, funcionan perfectamente y pueden volver a amar tal vez incluso más fuerte que la primera vez. Sin embargo, tienen memoria, y eso los hará un poco recelosos pero también más sabios.

No tiene caso advertir a los demás acerca de la catástrofe que significa que te rompan el corazón pues como dice el dicho, el que no se arriesga no gana. Sólo queda ser receptivos y solidarios cuando nos toque verlo desde afuera y tratar de ser fuertes cuando del nuestro se trate.

¿Cómo se remienda un corazón? Con amor claro, pero transmitiéndolo por la vía de la comprensión, la comunicación, la disponibilidad, la aceptación y la empatía. Sin juicios ni consejos sobre cómo debes reaccionar o con recriminaciones sobre cómo hubiera sido mejor hacer las cosas. Eso no sirve. Un corazón roto no necesita racionalizar lo que sucedió, por lo menos no al principio. Un corazón roto necesita a otro corazón generoso, con la única intención de estar ahí para cuando el otro lo necesite. El remiendo viene después.

He conocido muchos corazones remendados, incluso algunos a los que todavía les falta mucho por sanar. Otros que creen que lo están y en realidad se les salen los hilos mostrando claramente que el trabajo no fue terminado.

Pero a todos quiero decirles que si acaso no han tenido la suerte de tener ayuda en el proceso, no se desesperen, nosotros mismos debemos comenzar a hacerlo y en todo caso, siempre está el tiempo, que de todos, es definitivamente el mejor sastre que hay.

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