Para suegras… ¡las mías!

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Conocí a mi primera suegra oficial en un café. Nos había citado ahí a mi ex marido y a mí con la intención de saber qué demonios nos pasaba, si estaba embarazada o nomás éramos un par de veinteañeros pendejamente enamorados con ansias de casorio.

Fue una reunión en la que aparte de conocernos, nos tanteamos el carácter obviamente y ni modo de no hacerlo si se suponía que casi casi íbamos a ser madre e hija hasta que la muerte o el abogado nos separara. Así que la observé y me observó. Me hizo preguntas que contesté ampliamente como buena Géminis que soy y sacamos conclusiones en silencio.

Ella era y es a la fecha, una buena mujer. Madre de tres varones y con el anhelo permanente de una hija. Nos hubiéramos llevado de maravilla si no nos hubieran estorbado las herencias. Ella quería heredarme lo que a ella le enseñaron y yo de herencias domésticas nunca quise saber nada. Así que el día que me quiso enseñar a lavar la ropa blanca con jabón Zote cocido  y luego a planchar las trusas de su retoño me di cuenta de que nuestras fricciones no iban a ser pocas.

No me equivoqué en la predicción. A lo de la ropa le siguieron un montón de tips que quiso compartir conmigo, y yo, cabezona y rebeldita como decía una tía, nomás no aceptaba ninguno. Entre más quería moldearme la pobre mujer, más me resistía y más respondona me volvía. Mi mamá por otro lado, pasó de la indignación  (por lo que las mentadas enseñanzas insinuaban) a la preocupación por el posible daño que su hija pudiera infringirle a esa señora y constantemente la escuchaba decir: ten paciencia hija, entiéndela, está sola y siempre ha querido una hija. Dale tiempo.

Y se lo di. Nos tardamos 10 años pero nos agarramos el modo. Al final me daba más tristeza dejarla a ella y al resto de la familia que al hombre. Nos dolió el divorcio porque ya nos conocíamos los gustos, ya no nos metíamos con los asuntos domésticos, ya no cambiábamos las recetas de cocina, ya no criticábamos la forma de educar a nuestros hijos y ya nos respetábamos como mujeres. Yo tenía un lugar en su corazón y ella en el mío.

Tan importante era que cuando decidí que ya no quería seguir jugando a la casita con su hijo se lo comuniqué personalmente, hablamos de mis razones, de mi desilusión  y mi desamor, de todo lo que en el fondo las dos sabíamos bien que no estaba tan bien.

“Te cansaste” me dijo con tristeza y lágrimas en los ojos. “Solo te pido que no alejes a mis niños, que no crean que ya no existimos. Ayúdame con eso porque si tú te vas él no los va a traer”.

Uno no espera extrañar nunca a una suegra pero yo sí. La extrañé mucho tiempo porque aprendí a quererla y a darle el avión diplomáticamente y ella aprendió a quererme a pesar de mis modernidades y mi boca tan suelta. Al final no logramos cocinar juntas pero sí echar tequila los sábados con singular alegría.

Y como la vida no podía dejarme en tal estado de orfandad, decidió compensar la ausencia de una con la llegada de otra. Y mi nueva suegra hizo su aparición acompañada de unos tacos ahogados.

Tuve suerte nuevamente pues resultó ser muy buena persona, madre de tres varones y con mil ganas de una hija, igual que la anterior. Aunque también traía sus herencias. La diferencia fue que ahora, con años de experiencia en manejo de suegras, ya tuve el tino de ponerle buena cara y hasta anotar en el celular cuando me quiso enseñar a hacer arroz, acepté sin chistar el líquido para quitar las manchas de las camisas de su retoño y la recomendación para que la ropa blanca quedara más blanca.

Independientemente de lo que de manera inútil han intentado enseñarme, las dos mujeres han sido buenas conmigo, si me han criticado lo han hecho sin que me diera cuenta y los consejos fueron emitidos hasta con buen humor.

Pero no a todas les ha tocado mi suerte. Conozco suegras malas como Teresa e insoportables como un zancudo a medianoche. De esas a las que les pones las cruces hasta cuando escuchas su nombre. Mujeres que se hacen odiosas y todo porque no saben diferenciar entre su casa y la casa de la esposa de su hijo o bien que aunque sean nueras o yernos, reparten por igual.

No sé qué tipo de suegra seré porque todavía no me toca, pero sí sé qué cosas quiero evitar y en qué asuntos mis nueras no van a batallar conmigo. Por ejemplo, nunca de los nuncas les voy a decir cómo cocinar, simplemente porque nunca ha sido lo mío y procuro no hacer lo que no me gusta que me hagan. Es muy raro que yo pida una receta, es más común que pida que me cocinen y hasta pago por no hacer. Tampoco voy a decirles cómo lavar porque para eso hay lavadoras y mil productos que hacen maravillas. En cuanto a las visitas, se darán cuenta muy pronto de que soy muy platicadora, me gusta la botana, las bebidas coquetas y hacerla de psicóloga, así que si son gustosas y me quieren invitar a su casa, iré, y si no pues ellas se lo pierden.

No voy a ser suegra de las que convocan los domingos pa darles a todos de comer a menos de que acepten que la convivencia sea de “traje” o que cada quien pague lo suyo en el restaurante. A cambio, no les voy a pasar el dedo por los muebles para ver cuánto polvo tienen.

Si tienen quejas de mis hijos los podrán externar con sus amigas, sus hermanas, sus mamás y sobretodo con ellos justamente o sea, con SUS maridos. Conmigo no porque créanme, no soy mamá gallina, ya estoy batallando suficiente con ellos y  ya sé que no son perfectos, ya conozco sus defectos y ya los quiero como son, una queja más no va a cambiar nada.

Pero bueno, aun así no deja de ser mera especulación todo mi discurso y tengo que dar margen a la equivocación pues todavía falta ver cómo se comportan mis hijitos en ese terreno tan irregular y complicado. Afortunadamente ayuda mucho el que mi experiencia con las suegras no haya sido ni sea como la de muchas otras, ya que uno tiende a irse por el mismo camino.

No sé cuántas de ustedes ya sean suegras, tampoco sé cómo son. Si se dan cuenta cuando se equivocan y aún así lo siguen haciendo y les vale o si son de las que procuran respetar la vida de los demás y mantenerse en su lugar.

De cualquier manera les diré lo que pienso: yo creo que cuando los hijos se casan, es porque están decidiendo hacer su vida con OTRA PERSONA tal cual lo hicimos nosotras en algún momento, pero no por eso dejan ni dejarán de querer a sus padres, tal cual nosotras tampoco lo hicimos. Se trata de “hacer familia” no de deshacerla. Es cosa de hacer a un lado, aunque sea un poquito, ese ego de madre que nos hace creer que nadie los va a conocer mejor que nosotras, ni a querer ni a cuidar ni nada. Ni que fuéramos Dios, no manchen. Simplemente acuérdense de ustedes mismas recién casadas. A poco vivían con el trapeador en la mano y la comida estaba hecha y además sabrosa a las 3 de la tarde con todo y la mesa puesta.

Y también acuérdense de sus angelitos, de los berrinches que saben hacer y de las groserías que saben decir. Las cosas en su lugar y mejor como espectadoras señoras, agarren su botana y su vinito, siéntese a ver lo que ya vivió y a suspirar. Y cuando lleguen los nietos, disfrútenlos porque bendito sea Dios, ya no les toca a ustedes educarlos. Gocen la etapa de ser suegra, no batallen gratis, después de todo los hijos no son mudos, ciegos, mancos ni completamente pendejos, y si lo son…ya es harina de otro costal y ese costal ya lo carga otra y por su propio gusto… Igual que nosotras.

 

 

 

 

 

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