Aprendiendo lo bueno de lo malo

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¿Qué sería de nosotros sin las dificultades? ¿Sin los obstáculos de la vida? ¿Sin todas esas piedritas en el zapato que van cayendo, y parecen hacerse más y más grandes, a medida que crecemos?

Creo que seríamos inútiles, egoístas y completamente incapaces de disfrutar las maravillas que nos rodean y a las personas que nos acompañan en esta travesía.

No puedes decir que has vivido si no te has dado un madrazo, si no has llorado por un amor perdido, si no has fracasado en la búsqueda de una meta, si no te has preocupado hasta sentir que te explota la cabeza o te ha dolido una decisión equivocada.

Vivir significa muchas cosas, pero me atrevería a decir que una de las más importantes dentro de ese significado, es el equivocarse. Vivimos para tomar decisiones todo el tiempo y en ello se nos van los días, unos queriendo apostar siempre a lo seguro y otros aplicando ese mantra tan famoso de “chingue su madre, a ver qué sale”. Qué cómodo y fregón cuando caemos en blandito, pero qué zozobra cuando vemos que las cosas no salieron como pensábamos y no vemos la puerta de salida.

Mi año, este año, ha sido el peor de mi vida. Justo se lo estaba diciendo ayer al Sr. García: “si alguien me preguntara, sin dudar diría que con todo lo que he vivido -y tú sabes lo que he vivido- este es el peor año de mi vida y me urge que se acabe”.

En este año se me fueron dos oportunidades de trabajo buenísimas, de esas que te duelen porque sabes la cantidad de cosas que se hubieran solucionado si te hubieras quedado con el empleo; se me cebaron tres viajes; dejé de ir al gimnasio; a mi Ratón le dió cáncer; dejé de hacer una revista que me gustaba mucho; mi cumpleaños fue todo menos bonito; se descompuso la lavadora y la casa en general al grado de estar buscando en este momento otro lugar para meter a la tropa y todos los tiliches; el auto se descompuso como 4 veces y en todas no tenía dinero; subí de peso; aumentó la graduación de mis lentes; vi poco a mis amigas; las quincenas y el aguinaldo están bien guardados en algún lugar menos en la tarjeta de nómina; tengo que dar en adopción a mis perros y el refrigerador decidió que ya no quería existir más entre nosotros y pasó a mejor vida.

Todas las veces que me caí, que me pegué en codos, dedos chiquitos, frente y espinillas más todas las que me quedé sin agua caliente o sin agua de plano en la regadera; las noches en el hospital; las idas a un baño público y descubrir que mi último pedazo de papel lo usé para sonarme la nariz;  la constante lucha de los adolescentes que viven conmigo por tomar el control de la casa y de su vida sin resultados a su favor…mis demonios sueltos…Y lo que se le olvida a mi memoria cuarentona.

Ha sido un año espantoso. No puedo, por más cosas bonitas que me hayan pasado, calificarlo de otro modo, pero tampoco puedo dejar de agradecerlo.

La segunda cosa que le dije al Sr. García mientras lo seguía mareando con mi alegato fue: “Me urge que acabe porque pretendo comenzar el que viene sin cargar nada, no pienso empezar el año lamentándome por lo mal que nos fue. No quiero. Que se vaya a la chingada y que no vuelva. Lo que venga , bueno o malo, que sea nuevo. Este año con todos sus días, momentos y vivencias que se quede en el pasado. No quiero cargar con esta vibra. Si lo arrastro conmigo no voy a poder avanzar y ya de por sí me cuesta un montón”.

¿Por que agradecerlo? Porque un curso intensivo como éste no te lo dan tan fácil. me aventé la maestría y el doctorado en un año y todavía me van a dejar tarea. Pero aprendí a ver cosas buenas en situaciones que parecen totalmente malas como el verdadero significado de la amistad en medio de una situación adversa o abrazar a mis adolescentes cuando en realidad quiero correrlos de la casa. Supe lo que se siente despedirse de un hijo -y no saber si lo vas a volver a ver vivo- agradeciendo al mismo tiempo la “solución” que lo está poniendo en semejante riesgo. Aprendí lo poquito que valen en realidad las cosas materiales pero también lo importante que es el dinero en las dificultades. Aprendí a detectar cuando un ambiente no es saludable para mí y crear una distancia que me proteja. Aprendí que Dios me escucha y que una oración puede tener un gran poder, pero una de las cosas más importantes es que reafirmé que ser feliz es una decisión que podemos tomar cada día y que tenemos el poder de contagiar esa decisión, esas ganas.

Aprendí que el Voltarén y el Naproxeno no deben faltar en mi botiquín, a soltar lo que en realidad nunca tuve y por lo tanto no era para mí. Aprendí a encontrar las lecciones ocultas en una mala experiencia y que primero endeudada que lavar a mano y andar a pie. Ahora sé interpretar los resultados de los análisis de laboratorio de Leo sin que cunda el pánico y que detrás de cada ventanilla en un hospital hay personas con problemas como los míos o peores.  Aprendí todas las formas en las que puedo dormir en una silla y que no toda la comida de hospital sabe feo cuando cargas con limones, un salero y salsa Valentina. Ahora sé que en el aspecto laboral puedo hacer más cosas de las que yo misma me creía capaz y que eso de conocer gente nueva, definitivamente es lo mío.

Aprendí que mis hijos pueden verme llorar y que también pueden consolarme. Aprendí que tiemblo cuando estoy bajo presión y que las técnicas de respiración para relajarme sí sirven.

Aprendí que a mis 41 todavía sigo aprendiendo, valga la redundancia, a vivir.

Y es que los buenos momentos, esos que recordamos más fácil y más seguido, en realidad están hechos para sentirse, para ser dulcemente efímeros. Para disfrutarse sin pensar en nada.

Cuando acabas de parir a un hijo no te pones a pensar en la importancia de lo que acabas de hacer, ni a reflexionar sobre el significado de la vida…tan solo lloras. Lloras y sonríes como idiota porque simplemente no puedes hacer otra cosa. Es tan solo un momento, pero es sagrado y tu cerebro no se mete. Solo sientes.

Y así suele ser en casi todos los momentos buenos, los gozas porque para eso son. Para darle batería al espíritu. La felicidad dura un momento y parece que se va, pero se guarda en lo profundo para echarte una luz en los ratos de oscuridad. Como cuando le veo las ojeras y la piel pegada al hueso a mi Ratón y me acuerdo de lo guapo que se ve con 7 kilos más y lo imagino brincando, con la respiración agitada por tanto correr…y pienso y deseo que un día volverá a ser así.

Así funciona la vida. Te da oportunidades para relajarte -como las vacaciones- te deja descansar y te regala cosas que te hacen feliz. Te da chance de cargar pilas porque luego vienen los días de trabajo o de escuela -si me permiten la comparación- y llegan todos esas horas donde no hay descanso y hay que aprender y aprender lecciones, convivir con quien nos cae bien y también con quien no nos gusta. Pasarla chido en el recreo y cansarte como en la clase de deportes. Odiar al maestro, no entender la lección y reprobar el examen.

Nunca salimos de la escuela, simplemente vamos a una más grande y depende de nosotros el que nos vaya mejor si sabemos aplicar lo que aprendimos.

Tal vez no nos guste, pero es de las dificultades de las que salen las mejores lecciones y a veces hasta algunas de las más grandes gratificaciones, así que por eso hay que aprender a ver lo bueno en ellas, porque por muy difícil que nos parezca, venimos a este mundo a vivir y yo… Prefiero que me duela la vida pero aprender de ella a vivir triste e ignorante.

 

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