Para todo mal…Tiempo y zapatos.

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¿Y ahora qué? pensaba ella mientras permanecía ahí, en la puerta de su casa, con la lluvia cayendo y el corazón hecho un nudo. Ni modo de correr atrás de él. Ni modo de gritarle que no se vaya como en las películas. Estaba claro que ni ese tipo de amor existía ni el destino estaba de ganas para ayudarla en algo.

Aquello no era más que la despedida que ya se había anunciado meses atrás. Y ella había intentado detenerla haciéndose la fuerte, deseándole buena suerte para cuando se fuera y comportándose con aquella falsa indiferencia que disfrazaba perfectamente su desesperación. Sí, ese había sido el método fallido de psicología inversa que había escogido para “pedirle” que no se fuera.

Ya le habían dicho sus amigas que eso no servía. “A los hombres hay que decirles que los quieres o que no los quieres pero no los pongas en medio porque los confundes”, dijo una de ellas. Pero es que simplemente no podía.

Se le quería meter en el cuerpo, esconderse ahí, quedarse quieta y viajar con él. Quería que al abrir la maleta se le metiera el olor de su perfume por la nariz, estaba segura de que más de una camisa olía a ella después de tantas veces de haberse abrazado. Se le quería meter en la memoria y estar presente en cada recuerdo, quería que la pensara tanto que le fuera imposible vivir sin ella, que le doliera la piel de tanto extrañar el roce de la suya, lo quería de regreso y hambriento de aquello que tenían, según ella.

Y sin embargo no hizo nada. Se despidió de él como si toda aquella historia no hubiera sucedido. Como si no fueran a separarse para siempre. Y se dieron el beso más tonto y menos romántico del mundo.

“Que se vaya” pensó ella mientras hablaban de lo que haría él cuando se fuera, “no es posible que no se dé cuenta de lo que siente por mí, que no lo admita, que no lo diga. Y si no lo dice pues que se vaya ¿para qué lo quiero así? ni que fuera el único”.

Pero la traicionaron las lágrimas mientras lo vio alejarse. Aquello le estaba rompiendo el corazón despacito y lo estaba sintiendo en su totalidad. Literal, le estaba doliendo el pecho y se le estaba yendo el aire, pero no pudo moverse de donde estaba.

El cerebro no la dejó, de inmediato le dio todas las razones por las que él debía irse y ella no debía intentar evitarlo. Y le hizo caso mientras su corazón terminaba de contagiarle de dolor el cuerpo entero.

¿Y ahora qué? se volvió a preguntar cuando terminó de bañarse y se vio en el espejo. Habían pasado tres meses y aquel dolor en lugar de irse parecía hacerse más profundo. No había modo de sacárselo, la paralizaba, la hacía enmudecer y le quitaba las ganas de estar con la gente. Ella sólo quería que volviera. Todo aquello que deseaba que a él le pasara en realidad le estaba pasando a ella, lo olía, lo soñaba, lo pensaba, lo sentía incluso…la consumía su ausencia.

La humillaba ese amor al grado de comenzar a molestarse. No podía dejarse ganar. Ya no quería sentirlo pero tampoco sabía cómo sacárselo del cuerpo. Lo peor era querer saber de él ¿La extrañaba? ¿La pensaba un poquito? ¿Necesitaba verla? ¿Se había arrepentido de irse? Ella quería saber y al mismo tiempo no quería. No quería porque tenía miedo de la respuesta que el silencio ya de por sí le gritaba. Tenía miedo de la respuesta que le había dado su espalda cuando comenzó a alejarse, aquella noche, mientras llovía.

Era como si se le hubiera cumplido su deseo y de verdad se la hubiera llevado pues a ratos ya hasta se extrañaba a sí misma. No había rastro de lo que era, no había cabello peinado ni sonrisa radiante. Le importaba un comino andar en pijama todo el día, ver televisión y comer a deshoras, aquello parecían vacaciones, pero las peores de su vida.

¿Y ahora qué? se preguntó nuevamente mientras esperaba a su amiga en el café ¿Qué se hace con lo que se siente pero no sirve de nada? Las lágrimas y los suspiros se habían convertido en enojo y luego en decepción. Ya ni siquiera se acordaba del día exacto en que se habían despedido, no quería volver a saber de él pero aún no lo olvidaba, todavía le afectaba que alguien se lo mencionara o que la vida le pusiera enfrente algo que la hiciera recordarlo. Quería que de una buena vez se fuera aunque se llevara todo lo que ella había sido para él. Ya no le importaba, sabía que podía reinventarse, había comprobado que de amor no se moría nadie pero que podía doler hasta sofocarte.

Ese día en la noche, acostada y mirando al techo como lo hacía casi todo el tiempo antes de dormir, se le volvieron a salir las lágrimas, pero esta vez por ella misma. Reconoció toda la tristeza que había sentido y que ya no quería sentir y murmuró, aunque nadie podía oírla, “No seas cabrón, vete de una jodida vez y no en partes, necesito mi vida de vuelta” y se durmió mientras sollozaba.

¿Y ahora qué? se preguntaba indecisa, comprar zapatos nunca había sido un problema porque en ese sentido siempre sabía lo que quería, pero ahora tenía enfrente no uno sin tres pares que realmente le gustaban, le quedaban y se le veían perfectos, no podía comprar los tres sin usar la temida tarjeta de crédito, así que tenía que elegir pero no tenía idea de cuáles y el tiempo apremiaba, tenía los minutos justos para hacer esa compra y correr a su cita en la estética.

De vez en cuando se acordaba de él, incluso todavía la visitaba en sueños. Un par de semanas antes hasta se había estremecido con calosfríos incluídos cuando se acordó de la última vez que habían hecho el amor, pero ya no dolía. Ya no lloraba y ya no perdía la mitad de las horas del día lamentando su ausencia. Se había ido para no volver y ella vivía.

Viva y con ganas, así se sentía. Toda ella estaba de vuelta, no intacta pero sí dispuesta y eso era lo que importaba. Todavía no estaba segura de lo que había aprendido porque no se sentía ni sabia ni experimentada, tan solo se sentía bien consigo misma, se había vuelto a sentir cómoda en su propio cuerpo a pesar de que él ya no lo habitaba, se sentía bonita a pesar de que él ya no estaba para decírselo, quería salir a pesar de que no fuera con él, quería volver a besar aunque no fueran sus labios, quería todo de nuevo aunque él ya no existiera.

Y ahí estaba, haciéndose la misma pregunta que se hizo otras veces pero en diferentes circunstancias, pero esta vez no sentía lástima de sí misma, al contrario, estaba orgullosa de estar ahí, teniendo qué tomar una decisión por demás frívola pero con mucho sentido porque ¿Qué mujer quiere andar por la vida -aunque sea sufriendo- sin los zapatos adecuados?

…Y se llevó los tres, por si las dudas.

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