Todo lo que nos falta por sentir…

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Si hubiera radiografías para el corazón, todo en este mundo sería un desastre.

Me refiero al tipo de radiografías que pudieran mostrar el estado en el que se encuentra emocionalmente. Una que nos pueda decir qué tal maltrecho está, si las cicatrices han cerrado, cuántos pedazos le hacen falta o si está reluciente y entero como cuando nacemos.

Hay días en lo que quisiera poder llevar a mis hijos, a Luis, a mis amigas y hasta a mi perro a sacarles una donde yo pudiera ver cómo están, si hay heridas, si hay cicatrices grandes o profundas, si están bien desde adentro o nomás es de dientes para afuera.

Me hubiera gustado tener ése don, el de saber si la persona que está enfrente de mí se está sintiendo bien o mal, si está a punto del colapso, si no cabe de alegría o si la tristeza se lo come por dentro. Por lo menos podría dar abrazos y decir un par de palabras reconfortantes. O compartir la alegría con una sonrisa deseándole que todo vaya aún mejor.

Pero ni tengo ese don ni soy tan intuitiva, vamos, que a veces ni siquiera alcanzo a ver bien en mi propio interior.

El cumpleaños número 40 me llegó con 3 regalos abrumadores: trabajo, amor y experiencia. Las primeras horas de la mañana de mi cuadragésimo honomástico las pasé preparándome para una junta que yo presidiría, una en la que yo presentaría un proyecto y contestaría a todas las dudas de una veintena de personas. Durante el resto del día no paré de recibir felicitaciones, llamadas, mensajes, abrazos, parabienes y demás demostraciones de cariño…fueron tantas que hubo un momento en el que rompí en llanto mientras manejaba, pude ser consciente de la emoción acumulada en mi pecho y lloraba. Lloraba y sonreía… satisfecha… feliz.

La experiencia es un regalo que tenía prometido por todos aquéllos que te dicen todo el tiempo que ésta te llega con la edad, que cuando crezcas entonces entenderás muchas cosas que no entiendes cuando eres joven, porque te falta experiencia. Y aunque todavía falta, me mandaron mi primer paquete.

Nunca me había sentido con tanta certeza pues ahora sé, por experiencia, cuándo creer y cuándo no, a quién darle todo y a quién no. Quién merece oportunidades y quién no. Ésta primera dosis me ha traído la capacidad de levantar la mano y hablar cuando algo no me gusta. La de ser prudente y esperar a que las mentiras caigan por su propio peso…y que eso de ser feliz depende de uno… y de nadie más.

La radiografía del mío dejaría ver un montón de remiendos y una cicatriz grande. Un corazón maltratado pero entero, como cuando tienes unos zapatos muy queridos, cómodos pero ya desgastados de tanto usarlos y los llevas al zapatero por zuelas nuevas, una “shaineada” y se vuelven a ver lindos.

Con ése corazón jalo todos los días. De modo que lloro con más facilidad que antes pero después de tantos pasos ya dados, conozco el camino y sé por dónde irme para no perderme.

Habría que ver quién aceptaría sacar una radiografía de su corazón. Quién querría ponerse en semejante estado de vulnerabilidad. Quién lo haría por presunción o quién por la pura oportunidad de pedir ayuda.

Yo acepté el reto de tomar una radiografía del mío cada vez que escribo, y me arriesgo en cuanto presiono la tecla de “publicar” pero a final de cuentas, cada vez que tengo dudas sobre mis letras me recuerdo a mí misma que este tipo de terapia no me la da nadie y que me ha ayudado muchísimo a sanar todos mis males.

Pero supongo que ese nivel de vulnerabilidad no es fácil de aguantar y mucho menos de aceptar frente a los demás y por eso solemos esconder lo que en realidad sentimos. Imagínense ser como los niños y demostrar todo el tiempo, sin empacho alguno, lo que estamos sintiendo, hambre, enojo, alegría, sueño, incomodidad o cansancio sin tener que fingir que no es así.

Como mamá sería mucho más fácil entender a mis hijos y podría saber de una vez por todas qué carajos les sucede cuando dicen que no tienen nada. Sin embargo reconozco las desventajas y sé que la recompensa por el esfuerzo de conocer a las personas se perdería y que la magia del enamoramiento no existiría.

Así que me guardo mis ideas locas y acepto que el mundo en el que vivo es como es y hay que adaptarse. Que las radiografías para el corazón pueden ser buenas en un momento dado pero en muchos otros no, y que a pesar de lo mucho que pueda dolerme o alegrarse mi corazoncito, de todos modos me falta mucho por sentir y quiero que así sea, que me siga sorprendiendo la vida a la vuelta de la esquina sin importar cuántas páginas tenga que escribir al respecto para asimilarlo.

Sentir es lo que nos hace darnos cuenta de que estamos vivos, de que hay algo que nos mueve y nos motiva. A veces creemos que el amor es el único combustible para avanzar pero no es así, son todas las emociones juntas, cualquiera de ellas puede servir para avanzar un paso más. Hagamos eso de fluir más seguido, aunque se escuche como cliché y aunque a veces parezca imposible.

Darnos la oportunidad de sentir nos ayudará a estar mejor conectados con nosotros mismos, a conocernos mejor y resolver nuestros conflictos internos. Yo, que soy un desmadre emocional, les puedo decir que abrirle la puerta a mis emociones y dejarlas salir ha sido catártico y revelador.

Así que, aunque sigo queriendo tener un súper poder que me permita conectar mejor con las personas a mi alrededor, no me queda más que hacer lo que se pueda con mis letras, mis abrazos y mi locura.

Amemos con lo que somos, con lo que tenemos y como podamos…pero hagámoslo.

 

 

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