Los hijos crecen…y las mamás también!

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Hace poco me di cuenta de lo mucho que había crecido Santiago, que Sofía ya habla de quién le tira la onda y que Leo sabe mucho más de lo que aparenta.  Nuestras conversaciones han cambiado. En realidad todos hemos crecido.

Cuando eres mamá de uno solo, es más fácil ver de cerca y disfrutar esa evolución, pero cuando tienes tres, de repente un día escuchas a uno de ellos decirte, y enseñarte, que tiene un montón de pelos en las axilas… Y te cae el veinte de que ya no están chiquitos.

No hay tristeza en esa realidad que de repente entendí que estaba viviendo. La verdad es que no me pesa que crezcan, ni un poquito. Cuando escucho a otras mamás lamentar que sus hijos ya no son niños o que desean que no crezcan…la verdad no las entiendo. Siempre me pregunto ¿Y luego dónde está el chiste de tenerlos? A mí me daría mucha flojera que se quedaran dependientes de mí.

A mí me gusta verlos crecer, saberlos cada vez más autosuficientes y con ganas de más. Que hay riesgos en eso, pues claro que sí. Pero también hay recompensas.

Como mamás nunca vamos a dejar de preocuparnos, eso no se acaba. Estoy segura que todas las mamás del mundo que se han muerto han tenido en sus últimos pensamientos a sus hijos, y creo también, que hay por ahí un montón de espíritus maternos (como mis abuelas) cuidándole la espalda a unos cuantos vivos porque ese lazo se me antoja irrompible, así a ese grado.

Ser mamá es lo más cansado, estresante y desgastante que puede haber, pero también es lo más increíble que puede pasarle a una mujer. La cantidad y la calidad de emociones que un hijo te enseña que existen es impresionante. Lo que aprendes como persona es invaluable. No podría encontrar una experiencia comparable a ésta.

Los hijos joden un montón, pero igual o peor jodimos nosotros. Yo la neta, por lo menos hasta ahorita, me doy de santos que no salieron como su madre de rebeldes y desesperados por crecer. Mi madre sí que las pasó todas conmigo y aguantó estoica y de pilón cariñosamente -excepto el día que me dio una bofetada por respondona- a la adolescente, jovencita y mujer que fui y soy ahora.

Como les dije, esa chamba no se acaba y de pilón nada más cobramos una vez al año, el 10 de mayo, con festivales desorganizados, desayunos baratos y manualidades que nosotras mismas pagamos, pero a los que asistimos muy emocionadas siempre y cuando nuestros retoños participen.

Supongo que voy a extrañar esos festivales y la inocencia que los envuelve, sin embargo, confieso que soy feliz con la etapa que vivimos ahorita, aunque tenga que pedirle a Sofi que le baje el volúmen a sus conciertos diarios o me tape la nariz para poder entrar al cuarto de Santiago o ande atrás de Leonardo repitiéndole las mismas cosas una y otra vez hasta que las hace, de malas obviamente, pero las hace.

Soy feliz con la oportunidad de verlos crecer, de enseñarles cosas nuevas, de poco a poco ir hablando con ellos de manera distinta. Soy feliz de sabernos vivos todos y disfrutar lo que tenemos.

No quiero tener a mis hijos para siempre conmigo. Quiero que nos acompañemos siempre, de cerca o de lejos, pero que seamos conscientes en todo momento de que no estamos solos, que somos una familia aunque ya no vivamos juntos.

Hoy solo me tocó asistir al festival de secundaria, del cual salí como pavo real, orgullosísima de mi hijo que obviamente se robó la presentación que hicieron mientras me latía el corazón y se me salían las lágrimas de esa felicidad incontenible y cursi que se siente en esos eventos.

He ido a tantos festivales que ya perdí la cuenta, así que no pensé que me fuera a emocionar cuando se aventaron la de “Mamá” de Timbiriche, pero sí, me falló la compostura cuando el chamaco me volteó a ver, me sonrió y de pilón hizo un corazón con sus manos, dedicándomelo. Salió romántico como la madre, ya qué le vamos a hacer.

Pero por eso mismo disfruto los cambios, eso que hizo hoy Santi, no lo había hecho nunca porque le daba pena y hoy se ha convertido en un chico extrovertido, más seguro de sí mismo y a lo más de simpático.

Hoy también me metí al cuarto de Sofi para “pedirle prestado un collar” mientras ella estaba en clases, lo cual también es algo que hace un año todavía no podía hacer. Mi hija se va haciendo mujer sin pedirle permiso a nadie, de modo que no me queda de otra que adaptarme y emparejar el paso.

Leo está cada vez más alto y pregunta cosas todo el tiempo, platica y me deja conocer cada vez más sobre quién es y cómo va cambiando. Me abraza todo el tiempo, cosa que no hacía antes y ha aprendido a expresar lo que piensa y lo que siente aunque le cueste unas cuantas lágrimas.

Creo que la clave está en tratar de disfrutar todo lo que se pueda, en involucrarse, hacerse presente y hacerles sentir que no estás ahí nomás pa las emergencias, darles de comer o ir a los festivales, sino que estás siempre, con los oídos y el corazón abierto aunque lo que a veces te confíen te duela, te conflictúe o incluso no estés de acuerdo. Ya no son tiempos para imponer voluntades ni cumplir expectativas personales a través de tus hijos. Vivimos una época en la que comunicarse, comprenderse y aceptarse es primordial.

Ellos quieren crecer, igual que nosotros. Quieren vivir, igual que nosotros. Van a equivocarse, igual que nosotros…así que lo mejor es ayudar en lo que podamos. Apoyando, escuchando y tratando de mantener siempre la confianza. Aunque nos cueste muchos descalabros.

Nunca he sido la más dedicada, consentidora o amorosa. La verdad no soy así. Mi hijos no van a presumir nunca mi comida, ni que siempre estuve pendiente de su sana y correcta alimentación o de que se me caiga el mundo cuando se enferman. Pero sí soy mamá de apoyar con tareas, de escuchar siempre lo que tienen qué decir, de respetar lo que les gusta y su manera de ser. Le hacemos la lucha todo el tiempo pa que esa onda de ser madre y ser hijos no nos salga tan mal.

Hoy quise escribir sobre los hijos y las mamás que crecen, y que es chido ¡porque sí lo es! No hay nada mejor que poder vivir esa dicha. Hacerse viejo y ver crecer a tus hijos y después conocer nietos que luego te lleven dulces, libros y botellitas de brandy a escondidas. No hay cosa que anhele más que la de no morirme pronto para poder vivir todo eso.

Así que disfrutemos, todas las etapas, los preciosos e inolvidables festivales del jardín de niños y la primaria, los vergonzosos de la secundaria (pobres muchachos no saben dónde meterse), el desgaste y la confusión de la adolescencia, la empatía de la juventud y la comprensión de la adultez.

De todo hay que aprender aunque no siempre se sienta bonito, pero cuando así sea, cuando de sentir bonito se trate…disfrutémoslo!

 

 

 

 

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