Una lucha que nadie ve…

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Qué bonito y qué fácil es alegrarse por las cosas buenas que les suceden a los demás o a nosotros mismos. La sonrisa sale limpia e instantánea, a veces, es tanto el gusto que duramos días con aquél regocijo en la cabeza y obviamente en el corazón. Qué fácil es expresar lo que sentimos cuando el escenario es favorecedor, pero qué tremendo se siente cuando es al revés. El cerebro se apaga y a veces ni las palabras te salen. Simplemente no sabes qué decir.

Uno no quiere saber sobre las malas noticias, ni las propias ni las ajenas. Pero a veces parecen ser las más constantes, las que más tocan a tu puerta, como Testigos de Jehová un domingo a las 8:30 de la mañana -sin ofender-, y les da por querer quedarse o peor, multiplicarse.

Es de muchos sabido, sobretodo por los muy muy cercanos, que de un tiempo para acá parezco imán para las malas. De hecho, me he acostumbrado a contestar que estoy siempre bien porque he notado que la gente a mi alrededor se siente reconfortada y me gusta más esa reacción que la de “¡Ay no! ¿y ahora qué?”…que ya recibí muchas veces.

Tengo una amiga, experta en feng shui, que me dice que no hay que acostumbrarse jamás a eso, que el chiste es pensar que estás bien y creértelo para atraer lo bueno. Y yo le quiero creer, pero a veces la vida no me deja y me recuerda que las malas noticias existen en mi vida y punto. Te aguantas Erika.

Reconozco perfectamente en mí cuando estoy en una etapa depresiva. No hablo tanto como siempre, me quiero dormir todo el tiempo, funciono en automático y me echo la culpa de todo lo malo que acontece a mí o a mi familia. Es la consecuencia del Trastorno de Ansiedad Generalizada que padezco desde hace muchos años y que mantenía a raya con un súper látigo compuesto de clases de spinning, libros, amigas y obvio, este blog.

Pero dejé de hacer ejercicio, no he podido comprar más libros, no he podido darme tiempo para ver más a mis amigas y he dejado de escribir como antes. Así que me invade una especie de letargo y ganas de llorar constantes. Cosa que en realidad nadie percibe porque los que vivimos con este tipo de enfermedades, aprendemos a la perfección cómo esconderlo, de manera que en mi casa solo creen que estoy cansada de tanto trabajo, lo cual también es cierto.

Así es la vida y así somos las personas. Unas cuerdas y otras no tanto, unas buenas y otras malas. Es el equilibrio necesario para que todo funcione.

Ayer veía en Facebook la fotografía de los mellizos de una pareja de amigos, acabados de nacer, rebozantes de salud y tan hermosos como sólo un recién nacido puede ser. Y por otro lado hablaba con una amiga que acababa de firmar su divorcio y se notaba tanta tristeza en sus palabras que se me hizo un revoltijo en el estómago y eso que ya estoy curada de ese espanto.

Es increíble cómo funciona el mundo, cómo se reparten las riquezas materiales, las enfermedades, las alegrías, el amor y el dolor.

Ni todos los problemas se arreglan ni los momentos felices duran para siempre. Mi cerebro me dice: vive. Así simplemente. Vive y trata de ser feliz. La cosa está en cómo te toque el camino para poder lograr eso.

Para los que luchamos con el TAG, animarse no es fácil, pues luchamos con los mensajes que de manera interna emitimos y suelen ser malos, incluso hasta desastrosos. El poder que tiene la mente es incomparable. Simplemente nos decimos a nosotros mismos que no se puede, que estás jodido, que no sirve de nada que te esfuerces, que nada te va a salir bien, que no hay más naaaa! Así con todo y meme.

El TAG te provoca incluso malestares físicos y sueles verte en un espejo que te regala un reflejo aún peor de como te sientes. De ahí que muchas personas con este trastorno se suiciden. Y es así porque les repito, no es fácil detectarlo en otra persona, porque solemos fingir, y tampoco es fácil encontrar las palabras correctas ante una mala noticia, así que suele dejarse pasar. Cuando eres adolescente, por ejemplo, escuchas un “ya se le pasará” “son las hormonas” o “déjalo que crezca” y cuando eres adulto se comienza a considerar súper normal que te estreses, que te desgastes o que te canses. Simplemente porque la vida a veces aprieta fuerte. Se justifica que llores, que andes de malas, que te deprimas incluso.

Pero el TAG va más allá. Y es solo hasta que un médico o un terapeuta te dice que lo tienes, cuando entiendes, te reconoces y hasta descansas.

Lo que están leyendo es un primer esfuerzo. Uno muy malo por cierto, porque ni es divertido ni reflexivo ni dramático ni nada. En realidad les estoy vendiendo pan frío, de éstas cosas nunca nadie quiere oír, porque como decía mi estimado ex marido: estás enfermita.

Pero hay que hacerlo. Hay que esforzarse. Soy consciente de que le tenía harto miedo al mes de junio. Antes del 2016 lo esperaba con ansia y emoción porque mi cumpleaños es la mejor fecha del mundo para mí, pues de ahí parte todo, de poder celebrar la vida. Sin embargo el año pasado, justo en este mes, sucedieron tantas cosas, que estoy segura de que perdí el eje, algo se me zafó y no he podido componerme todavía. Es como si desde entonces caminara chueca.

Es nostalgia y pura pinche tristeza, me dijo otra amiga anoche, y se vale sentirse así. Se vale cansarse y estar harta. Se vale llorar de angustia, de impotencia y de incertidumbre. Se vale perder la fe y suplicarle a tu madre -mentalmente- que te abrace, te acoja en su seno y mágicamente regrese el tiempo hasta cuando eras niña y su consuelo arreglaba todos los problemas del mundo.

Se vale, más no puede uno hacerse con la bandera del valemadrismo pa siempre. Ayer estuve a punto de decirle a Leo que el ratón de los dientes no existe, porque la neta no tenía efectivo y vi por fin una oportunidad pa no seguir soltando dinero para fines de consumo de comida chatarra. Pero me aguanté y le fui a dar las buenas noches y le recordé que pusiera su diente bajo la almohada…a ver cómo le hacía en la mañana.

El chiste -dijo la terapeuta en aquéllos gloriosos días en donde me daba vuelo hablando hasta por los codos- es la aceptación de que todo es temporal y que si no tiene solución pues ni modo. Así, ni modo. Lo aceptas y te aguantas Erika.

Ya han pasado meses aguantando y ya acepté que no hay modo. Que si los libros no caen en físico, hay que descargarlos de internet, que si no hay chocolates es por mi bien y para dejar de contribuir a mi celulitis, que si no puedo ver a mis amigas físicamente pues me tengo que aguantar y usar mis benditas redes sociales y que me tengo que obligar a hacer ejercicio aunque vaya enojada -la hueva eso provoca- y me canse a la tercera vuelta en la Alameda.

Las acciones sirven y cuentan más que las palabras, así que habrá qué sacar ganas de quién sabe dónde y hacer en lugar de decir.

Solo me queda decirles a todos los que conocen bien el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) que la neta, la neta, somos un chingo. Sólo que no todos nos atrevemos a decirlo porque da pena y da miedo que te traten como si estuvieras loco. Las crisis llegan y se van, las manías, las pesadillas, los pensamientos catastróficos y el cansancio físico, todo se va.

Y para ejemplo de ganas les prometo, que sé que volveré a esperar el mes de junio con las mismas ansias que antes, con emoción y gusto por celebrar que estoy viva y que si la vida se pone difícil pues ni modo. A aguantarse y esperar que todo pase.

 

……les dije que esto era pan frío, pero de todos modos, gracias como siempre, por leer.

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