Querido abuelito…

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Hablar de las personas suele ser mucho más fácil que hablar con ellas y aún más si es para decir cosas buenas, cosas bonitas, de esas que luego de empezar se atoran en la garganta y luego brotan como lágrimas.

Sin embargo en esta ocasión, querido abuelito, quiero que sepa lo que siente mi corazón y lo que guardo celosamente en mi memoria cuando de pensar en usted se trata.

Mi primer recuerdo obviamente no se parece en lo absoluto al que usted tiene de mí, ya sabe, ese que me platica acerca del día en el que se le ocurrió ofrecerse de niñero y dijo muy valiente: “déjenme a la niña, yo la cuido”, cuando apenas tenía poco más de 2 meses de nacida, y terminó poniéndome en la boca la mamila del biberón, a suerte de chupón, para que me calmara y dejara de llorar.

Mi recuerdo es más o menos igual de atropellado. Lo tengo en mi memoria persiguiéndonos a mí y por lo menos a dos de mis primas, para darnos un escarmiento por habernos robado, como por décima vez, los Nutrimpis que tenía dizque muy bien guardados en sus cajas atrás de la puerta del comedor y que el municipio los daba para ayudar en la alimentación de los niños del DIF. Obviamente no nos pegó, yo recuerdo quedar acorralada en su cuarto y que ahí, recargada contra la pared, me dijo “muchacha mojina ¡desobediente!”, y sentí miedo del feo porque nunca lo había visto así de enojado. También me dijo que no volviera a agarrar eso porque no eran suyos y que ahora sí a la próxima, me iba a dar unos buenos.

Si le describo los mentados Nutrimpis, se me va el texto y no acabo, yo solo me acuerdo que estaban buenísimos, eran una especie de mazapán duro de chocolate y cuando los llevó se portó súper chido y nos regaló una tira completa que nos devoramos felices, sin embargo, éramos niñas y en ese entonces no había tantas golosinas como ahora, así que cuando quisimos más y vimos que pa nosotras ya no había, pues le hicimos un hoyo a la caja, le dábamos el jalón y salían las tiras de esas cosas directitas a la panza de sus nietas…hasta que nos cachó en la movida y adiós Nutrimpis. Tristemente al día siguiente ya no estaban las cajas y nunca más los volvimos a ver, ni recuerdo que nos volviera a corretear.

Otra cosa que no olvidaré nunca es el sabor de las cajetas que venden en esas cajitas de madera, redondas y envueltas con cinta de colores que llegaban a nuestras manos cada vez que había feria en Fresnillo y que usted iba y nos compraba a todas las nietas.

Las botas navideñas de Tutsi Pop que repartía en diciembre y la pieza de pan ranchero recién hecho que me tocaba cuando me mandaba a comprarlo ahí por el templo de Santa Ana.

Otro recuerdo que tengo bien afianzado en la memoria es el de cómo sentí mi mano entre la suya un día que me llevó a misa, no sé por qué ni recuerdo cuántos años tenía, pero fuimos a encontrar a mi abuelita y fui consciente durante todo el camino, de que su mano estaba grandota y me raspaba, me llevaba casi volando porque entre su zancada y la mía, la diferencia era obviamente mucha, pero eso sí, llegando al templo, en lugar de meternos compró una nieve para usted, otra para mí y nos sentamos afuera a esperar cómodamente.

Podría decir que no conozco hombre más amable, imponente y con tanta franqueza en sus palabras, pero mentiría. La verdad es que creo que todos sus nietos hemos visto un poco de todo lo que es usted en nuestros propios padres, así como yo en el mío.

Pero debo decir que estoy segura de que también heredaron de usted esa capacidad de dar mucho en un abrazo, de ser generosos en sus conversaciones, de transmitir calidez con el roce de su mano y de amar a los suyos profundamente.

Segura estoy también de que no  tiene idea de lo que usted significa para todos sus descendientes, de la descripción que sale  de inmediato cuando alguien nos pregunta por usted. Yo siempre digo que mi abuelo es un roble, un tipazo y que es “la onda”. Y a lo mejor usted leerá esto y dirá que soy una chiflada pero es que eso lo primero que pienso. Ojalá Dios me permita heredar de usted esa lucidez, esa capacidad para vivir, observar, entender y adaptarse al mundo que le rodea. Ojalá me de la oportunidad de ver a mis hijos crecer, de cargar a mis nietos y aún mejor, a mis bisnietos.

Dios quiera y me regale una vejez tranquila y llena de amor como lo es la suya. Ojalá yo sea así de fuerte y valiente.

Ojalá tenga en mi sangre suficiente de usted como para ser tan querida cuando sea así de viejita.

Ojalá abuelito, estemos haciendo lo que nos toca para hacerlo sentir orgulloso de la familia que ha creado.  Ojalá pueda verse en cada uno de nosotros y piense que no está nada mal para ese muchacho que caminaba kilómetros junto a su madre para ir a trabajar, poder comer, vivir y salir adelante.

Hoy quiero que sepa, que en mi corazón ocupa un lugar privilegiado. Usted en mi raíz. Es de donde vengo y estoy muy orgullosa y contenta de que así sea, de que de todos los abuelos del mundo, a mí me haya tocado uno honesto, trabajador, generoso y bueno como usted.

Gracias por el tiempo, las palabras, los cariños y tantas y tantas muestras de amor que como nieta he recibido. Por acordarse y preguntar por mí y por mis hijos a pesar de la distancia, el tiempo que se pasa volando y los males físicos que cada día le pesan más en el cuerpo. Gracias por recibirme siempre con gusto y decirme además que estoy bonita. Gracias por aguantar esta vida, tan pesada y dolorosa a veces, tan solo para seguir estando junto a nosotros, su familia.

Tal vez no soy la más asidua en esa silla que luego tiene cerca de usted para los visitantes, pero quiero que sepa que lo llevo constantemente en mi mente y siempre en mi corazón junto con todas sus frases, sus consejos, sus apretones de mano, sus historias y su buen humor.

Que Dios me permita llegar a ser tan grande, tan amada y digna de llevar su apellido.

Con mucho, muchísimo amor…

Su mojina

 

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